Diario de León
Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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HACE meses caminaba hacia mi trabajo en la plaza de San Nicolás, en la zona vieja de Valencia. Avancé por el borde del cauce del Turia y poco antes de cruzar el puente de San José, el más antiguo de la ciudad, vi pasar a un coche negro y extraño que llevaba sobre el techo varias cámaras fotográficas. Ese coche llevaba, también, un letrero: "Google". Caí entonces en la cuenta de que la ciudad de Valencia, junto con otras tres de España -Madrid, Barcelona y Sevilla- estaba siendo fotografiada por la gran empresa de software. Luego, claro, me olvidé de asunto tan menor. Pero esta semana supe que las imágenes ya estaban en la red. Naturalmente, tuve curiosidad por ver si había salido yo en tal aventura. Busqué la calle y me quedé bastante perplejo. Porque no solo he salido, sino que la imagen tiene varias perspectivas: puedo verme de espaldas, de perfil y de frente. Todo con una nitidez que impresiona. Y allí la americana azul marino, el pantalón barquillo, la camisa, y mi andar pacífico y ajeno a cualquier filmación. Me he pasado la vida mirando mapas. Creo que es mi afición intelectual más honda, más invencible, más sugeridora. Ya desde niño escondía los mapas debajo de los libros del colegio y mi madre me los quitaba, como si fueran una droga mala. No lo eran, aunque, sí, claro, me impedían aprender cosas de química o de álgebra, que me interesaban muy poco. Desde hace tiempo soy un apasionado del Google Earth, la descomunal fotografía de todo el planeta que se puede rastrear con una minuciosidad que parece de cuento. A veces me voy a conocer las aldeas del Acre, en Brasil, o a recorrer la extraña costa del sur de Irán. O a revolotear en las calas de Borneo. Veo casas, coches incluso, carreteras de arena. Y qué decir de África infinita. O del Bierzo. Ayer mismo volé a muy baja altura desde Quilós hasta Vega de Espinareda por un bellísimo tramo del Cúa que nunca pisé. Entre chopos y prados, luego monte más bravo. No quiero caer en penosa egolatría, pero me parece digno premio terminar mis mil años de ensoñaciones cartográficas convertido, por el azar, en un mapa yo mismo. Recortado sobre árboles, junto al pretil del viejo cauce. Ahí quedé para varios años: esa mínima fracción de uno. A medias convertido en un hombre real y también en un hombre de ficción. ¿Un hombre real, he dicho? Sí, acaso. El que ahora escribe. El que se mira en esa imagen, avanzando hacia ¿dónde? Y es literario colegir que el auténtico es el otro, el perdurable, el que avanza con su cartera. ¿Hacia qué lugar?.

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