LA GAVETA
Plaza de las Nieves
HAY UNA casa que parece un barco en la plaza de las Nieves. Hace años que está ahí, con su quilla cuadrada, y su gran galería para que los viajeros inmóviles puedan ver como pasa el mundo. El pequeño mundo donde se juntan la Calzada y el Rañadero. Un entorno que acaba de ser justamente remodelado por el ayuntamiento. A mi siempre me gustó la Calzada, porque tiene unas escaleras que se combinan con unos peldaños gigantescos. De niño me gustaba mucho ir por ahí. Muchos años después, todavía sigo con la costumbre cuando nadie me ve. Es algo que no puedo reprimir. En cuanto al Rañadero, es una de las calles más castizas de Ponferrada. Tiene un ramal misterioso. Un camino de cabras que prolonga la calle Mirador. Por ese empinado trecho iba mi padre al instituto hace setenta años. Un día me enseñó la ruta y por allí subimos, entre muros de fincas con berzas y frutales. Quedé perplejo porque me parecía increíble que la ciudad tuviera un paisaje tan plenamente de aldea apenas a unos metros de la calle del Reloj. Yo no sé si ese cauce rural sigue existiendo. Si así fuere, sería curioso mantenerlo. Como prueba de la modesta condición de la urbe en años bien recientes. También recuerdo que ese ramal cuenta con una derivación que llega hasta la calle Flórez Ossorio. Y que tanto un pedregal como el otro eran la pacífica patria de muchos gatos. A partir de aquella revelación paterna, hice varias veces la ruta. Era muy extraña, aunque al final había una fábrica de chocolates. Todo daba la sensación de ser perfecto, incluso lo pobre y destartalado. Porque así miran el mundo los niños. Luego las cosas cambiaron, porque todo ha de cambiar. Aunque algo no cambia, claro: las palabras. Ellas son eternas. Las palabras de los que por allí pasaron, lo que decían. Mi padre subía por aquella cuesta con algunos amigos, casi todos ya murieron. Risas, mozos que fumaban demasiado pronto, cosas que contarían de bares y mujeres, del maquis o de la Ponferradina¿ En ese barrio mínimo viví una emoción intensa. Fue cuando acudí en el otoño de 1972, muy tembloroso y joven, a las oficinas del semanario Aquiana, en la Calzada. Allí ofrecí mis servicios como colaborador. Recuerdo mi gran zozobra en la noche previa; también la acogida amistosa de su director, Ignacio Fidalgo. Me sentí tan feliz al salir, que estuve un buen rato subiendo y bajando los peldaños descomunales de la calle Calzada. Luego me tomé un vino en el bar Tomelloso, que tiene nombre cervantino.