Rubén Vega
EL DÍA mundial contra el sida habría pasado desapercibido en Ponferrada de no mediar la intervención en la plaza de Lazúrtegui del futbolista de la Sociedad Deportiva Ponferradina Rubén Vega, quien con aspecto de joven profesor comprometido con una causa justa leyó un comunicado de apoyo a ese colectivo de afectados que podríamos ser cualquiera de nosotros y que en el Bierzo suman quinientos, una tercera parte de los cuales son atendidos por la sanidad pública. Fue un mensaje de sensibilización y cercanía necesario no sólo en países donde la homosexualidad es castigada con la pena de muerte, sino en lugares como Ponferrada, donde persisten restos de mentalidad arcaica judeizante a la busca de culpables, que pueden ser ellos o sus antepasados, detrás de las dolencias supuestamente derivadas de la mala vida pasada de quienes las sufren expuestos a la vista de todos en la probática piscina.
Recordemos el vergonzoso peregrinar, vergonzoso en el sentido de vergüenza ajena, de la asociación Caracol y sus valientes voluntarios a punto de tirar la toalla, causado por gentes que todavía hoy piensan que el sida es una enfermedad contagiosa con la misma base que muchos europeos pensaron durante siglos que la patata transmitía la sífilis, o como Hipócrates llegó a suponer que los calvos no podían tener varices.
Ahí es donde el futbolista que le metió un gol al Sevilla en su campo, sin que subiera al marcador por decreto de un juez instantáneo y vestido de corto, dio una lección de ciudadanía y modernidad a algunos. Porque dejar de pensar en la existencia de colectivos malditos cuyo mejor destino serían el guetho o el olvido es lo menos que se puede pedir en esta Europa posmoderna sesenta años después de la Declaración de los Derechos Humanos que acabamos de celebrar igualmente, máxime cuando estos derechos han pasado de ser individuales a garantizar el amparo de colectividades antes castigadas por la marginación y el rechazo social. Así los discapacitados que en tiempos de aquella Declaración nacida entre nubarrones y crisis, cuando algunas conciencias empezaban a alimentar los hornos crematorios para el exterminio, eran vistos como un problema, ahora son reconocidos y saludados como héroes en la persona de Pascal Kleiman en el último y reciente festival de Cine de Ponferrada.
Por eso se sienta hoy en la silla baja, para impartir una lección de ciudadanía y juego limpio, un profesional del fútbol que sabe manejar bien los pies, sin descuidar la cabeza.