Épocas del Bierzo
EL BIERZO ha tenido cuatro o cinco momentos históricos. El principal, el que vino de Roma. Porque seguimos siendo romanos: basta echar una ojeada al Código Civil. Los bercianos, como el resto de los hispanos, somos, más que españoles, romanos. Lo de España es una poderosa capa posterior, con luces musulmanas y judías. Que nos define, que nos atañe. Aunque también somos ibéricos.
Otra cala del tiempo es el mundo celta. Primitivo, muy poco poblado. Los celtas nos legaron palabras que tienen ese prestigio de ser anteriores a Roma. Pero así como el Bierzo romano está en nosotros en todo, el Bierzo céltico está solo -“e inventado- en una música irlandesa que recorre la costa cantábrica. Tabernas donde, a menudo, existe cierta antipatía hacia la España contemporánea. Como si gentes desnortadas del norte y vates malos lucharan por una hipotética república soberanista-onanista donde gallegos, astures y bercianos formaran una liga loca de cervezas y llantos. Confederados con bretones, irlandeses, galeses, escoceses y gentes de la isla de Man y Cornualles. La idea, en lo quimérico, es bella, y la suscribo y me siento dentro de ese sueño. Pero cuando ya me quieren organizar la vida política a partir de ahí, pues no, la verdad. Como español, no renuncio a mi dimensión castellana, meridional o mediterránea.
Hay otro Bierzo en la historia que es el más modesto, pero también fundacional, y tal vez el de mayor encanto: la Tebaida de Compludo, Peñalba y Montes. Tenemos que preservarla, piedra y montaña, valle y silencio. Es el tesoro mayor en estos tiempos; el corazón de la comarca. Donde cualquier berciano toca algo especial, aunque su aura llega a todo el mundo. Porque nada de lo local es gran cosa, si no es, a la vez, universal. También está el Bierzo del Medievo, pero lo veo muy manido. Centrado en los templarios: ese oficio fanático e inquietante de ser monje y soldado a la par. Una especie de talibanes de Cristo. A mí todo eso del Temple me aburre lo suyo. No entiendo tanta cancha a la rutina esotérica y al discurso escapista. Repetido e inane, año tras año.
Quedan más Bierzos, claro; como el de los Austrias o el del carbón. Pero el que yo prefiero es otro, el que me atañe. El Bierzo no tanto de ahora -“la actualidad no suele ser literaria- sino el de la memoria personal de cada uno. La mía, en lo más íntimo, viene de la Ponferrada de los últimos 50 -“casi niebla- y de los primeros 60. Mi patria. Ése es el Bierzo que se me volvió infinito. Cualquier día me atrevo a contarlo.