Diario de León

LA GAVETA | CÉSAR GAVELA

Ponferrada del monte

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CÉSAR GAVELA
León

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PONFERRADA, como municipio, tiene dos fachadas, dos mundos diferentes. En cuanto a la ciudad, es populosa y se acerca a los setenta mil habitantes, si añadimos a los estudiantes y a los trabajadores temporales. También a los vecinos que están empadronados en los demás municipios bercianos, donde nacieron y donde suele habitar su memoria más mítica y mitificable. Esos setenta mil habitantes hacen vida de ciudad, pero no sucede lo mismo, naturalmente, con las aldeas del municipio, algunas muy aisladas, que pueblan la geografía sur del término, tan montuosa y bella. Ponferrada tiene zonas que están a poco más de 500 metros sobre el nivel del mar, y otras que suben a la cota de los 1.850 metros: el pico de la Aquiana. No sé si habrá en España muchos ayuntamientos con altitudes tan desparejas.

Y armoniosas. Porque Ponferrada liga bien con esos pueblos que se llaman Peñalba, Montes, Bouzas, Valdefrancos, Manzanedo, San Adrián, Compludo, Lombillo, Salas y Villar de los Barrios-¦ Ahora casan bien, sí, pero hace cuarenta años, cuando yo era adolescente e iba por aquellas tierras, me sorprendía la descomunal diferencia de vida entre la capital del Bierzo y las aldeas meridionales. Pobladas por mujeres tocadas con chador cristiano y por ancianos de aspecto decimonónico. Aldeas sin teléfono ni luz, de calles de tierra. Donde vivían unos niños tan remotos como los de Afganistán.

Últimamente se han inaugurado depuradoras en muchos de esos lugares, que cada día cuentan con más comodidades, para el descanso, para el gozo de la contemplación y del trabajo incluso. Lugares donde se rehabilitan casas y donde el Ayuntamiento trata de acortar la gran distancia que nos separa del ejemplo de otros países más desarrollados y cultos. Porque estamos lejísimos del cívico acabado de las aldeas centroeuropeas, paraísos de flores y calidad de vida.

Ponferrada cuenta con un patrimonio que, si estuviera situado en Austria o en Suiza sería uno de los más originales y bellos asentamientos de Europa. Con todo, hay que ser optimistas y pensar que ese conjunto de valles altos y medios, arcanos y próximos, terminarán siendo una excepcional y oxigenada geografía de casas y espacios públicos. Donde la paz y la belleza naturales se conjugarán con viviendas genuinas y recuperadas, y todo ello desde el máximo respeto a la naturaleza y a su silencio imprescindible. Se ha hecho bastante, pero aún queda mucho más por hacer.

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