EL RESPLANDOR | FERMÍN LÓPEZ COSTERO
Arte clásico
A PESAR DE la rechifla manifestada por algunos, a mí me parece muy bien que el Ayuntamiento de Ponferrada haya decidido instalar una estatua de la Victoria de Samotracia en el nuevo «Mirador del Sil». Nunca está de más tener a mano a los clásicos. Ojalá cundiera el ejemplo en otras poblaciones y se colocasen más réplicas de estatuaria griega o romana.
En el puente sobre el río Cúa, en Cacabelos, se podría emplazar una copia de la estatua de Pasquino que existe en Roma, en la plaza que lleva su nombre, que es vecina de la célebre Plaza Navona. Además, la efigie de Pasquino también es griega, como la Victoria de Samotracia, a pesar de encontrarse en Roma. En realidad, data del siglo III a. C., y representa a Menelao sosteniendo el cuerpo de Patroclo. Alguien debió llevarla de Grecia a Roma, probablemente para adornar el desaparecido Circo de Domiciano, situado en lo que hoy es la Plaza Navona. Desaparecida tras la extinción del Imperio Romano, la estatua reapareció tremendamente mutilada en el 1501. La hallaron unos obreros durante la remodelación que se estaba llevando a cabo en el entorno del Palacio Orsini (conocido como Palacio Braschi). A pesar de lo maltrecha que estaba, se decidió instalar la estatua al aire libre, en el ángulo de confluencia de dos calles; y, en poco tiempo, se convirtió en soporte de las críticas ciudadanas contra la tiranía y los excesos del papado y del gobierno de la época. Según parece, fue un sastre llamado Pasquino, un hombre opuesto a la hipocresía y a los abusos del poder, quien comenzó a pegar cartas y mensajes satíricos -“de ahí el nombre de «pasquines»-“ en la estatua. Rápidamente, esta costumbre satírico-”epistolar se puso de moda entre los romanos y acabó convirtiéndose en una tradición que aún perdura hoy en día, con Berlusconi como máximo protagonista. Otras versiones dicen que Pasquino no era sastre, sino gramático, tabernero o zapatero. Fuese lo que fuese, el caso es que con su ingenio y sus pasquines sacaba los colores y ridiculizaba a los poderosos siempre que éstos se lo merecían. Por eso no estaría mal instalar una estatua de Pasquino en el puente de Cacabelos. Así los cacabelenses, y otros muchos bercianos, y también los peregrinos jacobeos, podrían pegar en él sus sátiras. Aunque, pensándolo bien, el propio puente, abandonado por su dueño, que es la Junta de Castilla y León, pronto acabará convirtiéndose en un Pasquino, en un monumento a la infamia, con infinidad de pasquines colgados de sus destartaladas barandillas.