Diario de León

OPINIÓN | WENCESLAO ORALLO

En estado de alerta

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WENCESLAO ORALLO
León

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ABUNDAN en el biotopo patrio «historiadores» franquistas, bien alimentados y bendecidos por la ideología patriótica quienes, por conservarse en el presente, trasladarán la vergüenza a sus hijos una vez que la gente descubra sus mentiras. Con esta reflexión Félix de Azúa se refiere a estos, a propósito de una sarcástica «mentira» sobre Francis Bacon. También nuestro biotopo provincial, por ilustrado que parezca, acoge alegremente a este tipo de «historiadores», si bien no hace falta que estén muertos para que uno tenga el placer de reír online sus mentiras. Es patológico, por recurrente, el empeño de tal suerte de embusteros en colocar, en el mismo nivel de brutalidad, los crímenes -que lo fueron- perpetrados por las checas de algunos miembros colaterales de la unidad popular republicana, al margen de las decisiones del gobierno y en un contexto bélico, y la decisión gubernamental de la dictadura de Franco, instituida a lo largo de los cuarenta años de paz, mediante un sistema que legalizaba el robo de la propiedad, el secuestro y el exterminio de personas.

Aunque siempre es recomendable el esfuerzo arqueológico de los historiadores en beneficio del rigor científico y de la verdad sobre lo ocurrido, el empirismo sobre aquella brutal realidad no hace falta siquiera que sea acreditado, pues convive visible entre nosotros, en los múltiples detalles enterrados y no enterrados de nuestra geografía y, sobre todo, en la memoria maltratada de las generaciones de padres y abuelos que han tenido la suerte de seguir vivos y contarlo. Estos signos de barbarie de la dictadura militar rebelde y de la «caridad» de sus compañeros de viaje no pueden esconderse, por mucho empeño que la patología de la mentira se proponga fabricar una historia a su medida, pues tal empeño, como mucho, solo puede producir el género de la historieta, bello género así prostituido.

¿Es posible que la ideología pueda producir tales monstruos revistiéndose de descarada intelectualidad? Si la ideología no lo causa, ¿será la fantasía, abandonada de la razón, y que ya Goya plasmó en sus Caprichos, la que los produce?; pero, ¿de dónde nace aquella ideología o esta arcaica fantasía, que son incapaces de aceptar lo que la experiencia y los hechos dejan meridianamente claro? La explicación quizá debamos encontrarla en lo que la nobel de medicina, Rita Levi-Montalcini, descubrió: que de los dos hemisferios del cerebro, el derecho, infradesarrollado y de arcaico instinto, causante de las grandes tragedias y al que todos los totalitarismos y religiones monoteístas apelan, se camunfla y domina al hemisferio cerebral que produce la razón.

Si este efecto está demostrado y aceptado por la comunidad científica, conciliar educada y civilizadamente nuestra reciente desgracia nacional, parece todavía un asunto de difícil solución.

Desde la perspectiva que proporciona la citada teoría, no resulta extraño comprobar cómo la jerarquía católica y los plumíferos nostálgicos de aquellos tiempos, sustentan y apelan de manera reiterada a esa parte poco desarrollada del cerebro ciudadano para la fabricación de lo que no son sino sueños de la razón. Se comprende de igual modo el asombro que causaban al Charles Darwin de las recientes viñetas de Forges.

Sólo nos queda permanecer alerta tal y como aquella científica propone, poniendo atención para que este impúdico hemisferio que persiste en deconstruir el pasado en forma de historieta no se desboque, dando tiempo a que el primer renacimiento español, el de la democracia de nuestra generación, se blinde con la razón que debiera proporcionar el sistema educativo, que es el único método evolutivo que quizá pueda poner riendas a tanto instinto arcaico.

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