LA GAVETA | CÉSAR GAVELA
Ramón y Antonio
EN MENOS de año y medio, el Bierzo ha perdido a sus dos más ilustres hijos: Ramón Carnicer y Antonio Pereira. Dos personas que amaron la vida tanto como la literatura. Y cuyas voces lo llenaban todo.
Sería muy bueno que los bercianos descubrieran mejor a estos dos grandes maestros del idioma español, forjados en la música verbal del noroeste. Pero siempre mirando a lo lejos. La bercianidad de Ramón Carnicer se hizo grande en Barcelona, en Cataluña. Y en España. La de Antonio Pereira se definió en León, invadió y conquistó Madrid y, también, todo el país.
Aunque uno y otro no fueron escritores muy leídos. Ellos estaban del lado de la literatura, no del mercado. Ellos andaban por la palabra y su vértigo, por la pasión y lo que la pasión revela; por el puro placer de la literatura. Escribían para sí mismos, para descubrirse; y para contarlo luego, con todo su entusiasmo, a los demás. Para descifrar la vida a través de esa luz que solo la literatura confiere, al fondo de las palabras y sus ecos. Ellos eran, en realidad, poetas. Poeta que rompió sus poemas Ramón Carnicer; poeta que pasó de los versos a la prosa, sin dejar nunca los versos, Antonio Pereira. Que fue un gran narrador poético.
Ramón no fue poeta en su prosa, pero lo fue en su vida. Y llegó a ser un poderoso escritor humanista. Eso sí, la dulce melancolía está en todas sus novelas y cuentos. Y ello también es poesía.
El humor nutre la vida y la obra de Antonio Pereira y de Ramón Carnicer. Un humor muy inteligente, libre y rebelde que nació en la hermosa y romántica Villafranca del Bierzo. Curiosamente, Ramón era de un extremo de la villa, del barrio de la Pedrera. Mientras que Antonio era del otro lado, de esa pequeña Mesopotamia que está entre el Burbia y el Valcarce.
Los dos hicieron un camino memorable. Se inventaron a sí mismos desde la adolescencia. Abocados a ser dos mozos comarcales, de sueldo público o del comercio, saltaron sobre ese designio. Fueron donde querían: a las fuentes de la palabra. Además, se radicaron en Madrid o en Barcelona, las dos grandes ciudades de España. Fueron cosmopolitas, muy viajeros.
También personas honestas y nobles. Y enérgicas, como es debido. Osadas cuando era necesario. Amaban el amor y la dicha del amor, eso se nota en cada libro que dejaron. Amaban a su tierra aunque estaban lejos; y nada les emocionaba más que recordar su infancia en Villafranca. Vivían en el fulgor de la memoria y en el gozo de escribir, que consiste en transformar la memoria en arte.