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León

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Silla baja | álvarez de paz

Aprendamos de los políticos a vivir contentos con lo que tenemos. Veamos cómo todos se son muestran felices con los resultados electorales, aunque la abstención fuese alta, aunque todos perdieran votos sin saber a dónde han ido.

Es cierto que en tiempos de tribulación la gente prefiere refugiase en las iglesias y en las recetas de los fogones, lo que explica que en medio de una crisis provocada precisamente por agentes ultra liberales, Europa dé la espalda a la socialdemocracia de cuya mano accedió al estado del bienestar, más aún a las formaciones a su izquierda, pensando que la derecha gestiona mejor la economía, sin entender que una buena política social es una sólida base para el desarrollo económico y, como se está demostrando en España, para sobrevivir en tiempos de crisis de largo recorrido donde la pobreza absoluta No he visto más miedo al emigrante que el que puede anidar en la mente de antiguos emigrantes. Conocí en Bruselas barrios obreros votantes de izquierda que cambiaban su voto, girando hacia posiciones xenófobas en tiempos revueltos, a cambio de protección contra el inmigrante, siendo esa también su condición. Pero cualquier tibieza en la defensa del modelo social europeo, deja el camino libre a quienes gestionan mucho mejor las políticas insolidarias.

No creo que la crisis sea la única culpable de la defección de muchos a quienes los partidos de izquierda no supieron llevar a las urnas en una campaña donde poco se habló de Europa y mucho se escenificó en clave de debate interno-. Unidos a la legión de analistas, pongamos en común nuestro grano de arena, señalando las lentas pulsaciones de la vida intra partidaria, la tendencia crónica hacia la unanimidad como meta deseable, la alergia a las corrientes y primarias, factores a tener también en cuenta para descifrar el secreto de los votos perdidos y desaparecidos. Votos y personas, especialmente jóvenes, antes ilusionados, ahora desafectos frente a los partidos tradicionales. Quizá sea momento de profundizar en la democracia interna, la participación de militantes y simpatizantes, que hacen de los partidos un espejo de la sociedad avanzada por la que merece la pena trabajar en una Europa que, sumado el voto ideológico, sigue siendo progresista.

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