Cáritas
La Gaveta | C. Gavela
M i padre fue durante años el tesorero de Cáritas de la parroquia de San Pedro de Ponferrada. Él era un hombre de una honradez tal que hoy resultaría insólita, yo no sé si disparatada. Pero es la única honradez que merece ser llamada así. Su paso por la vida fue el paso de la modestia y de la poca ambición. De la gerencia rigurosísima de aquel dinero que pasaba por casa. Y que salía rumbo a Cáritas, yo creo que acrecido incluso. Lo guardaba en un secreter, bajo llave. Un día yo abrí aquella portezuela y cogí una moneda de 2,50 pesetas. Era una pieza muy grande, estrafalaria, como una peseta con gigantismo. Estuve varios días con unos remordimientos terribles. Y cuando llegó el domingo y mi padre me dio las cinco pesetas de mi sueldo de niño, fui al quiosco de Fernando Miranda, compré chicles, cambié el duro y repuse las 2,50 con otra moneda igual. Ni siquiera con dos de peseta y una de 50 céntimos. Me sentí muy feliz.
Venía por casa un señor que había vivido en Estados Unidos. Mayor, distinguido y miope. Canoso, cosmopolita y lento. Este hombre era el que iba cobrando por las casas los recibos de Cáritas. Siempre decía lo mismo: «Los más pobres son los que mejor pagan; los más ricos, suelen decir que esta vez no pueden». Aquel mundo hace mucho que se fue, pero Cáritas sigue con su tarea ejemplar. Últimamente he leído que muchas personas atribuladas por la crisis acuden a las instituciones a pedir ayuda y cuentan que donde más apoyo efectivo suelen encontrar es en Cáritas. Sin que les pregunten por ideas, religiones o avatares políticos. Porque la caridad es para todos. Y aunque la justicia debería hacer innecesaria la caridad, eso todavía no llegó a España, aunque alguna vez lo haga. Desde luego, debemos hacer cuanto sea posible para que llegue. En Escandinavia ya lo consiguieron.
Hace mucho que me desvinculé del mundo de los cristianos. Pero sus valores los siento próximos y los respeto, salvo el delirio del Vaticano con el sexto mandamiento. Lo que ha sido y es gran fuente de dolor, de hipocresía y de infinitas extrañezas. Por lo demás, cuando hago la declaración, me gusta poner mi cruz en la casilla de la Iglesia. No es una concesión al sentimentalismo. Lo hago, sencillamente, porque ese dinero va al mejor sitio. A Cáritas.