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ernesto escapa
León

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En medio del río revuelto que transitamos, el pacto institucional alcanzado por populares y socialistas, al que pusieron cara el presidente Herrera y el secretario regional socialista Julio Villarrubia, es una buena noticia para ambos. No tanto por el voltaje de los acuerdos, como por la imagen de responsabilidad que proyecta. Al final de su comparecencia, Villarrubia, que a pesar del cargo no es jefe de la oposición, confió que en las charlas de café la gente le pide que dé más caña. Muy oportuno, Herrera aportó otra confidencia. También a él sus allegados le reclaman que al adversario ni agua. Y aprovechó la moraleja: para pescar, hace falta agua y quien sepa no blandir sino echar la caña.

Con el proyecto de presupuestos en circulación parlamentaria, los acuerdos alcanzados soslayan las modificaciones fiscales y la garantía de los servicios públicos esenciales, para centrarse en un plan de empleo local y joven, dotado con 30 millones, en la Ordenación del Territorio, con un programa de financiación básica para los ayuntamientos, y en la reforma de las instituciones de autogobierno y del sector público de empresas y fundaciones. Un compromiso político que es resultado de tentativas mutuas de ambos protagonistas y que se suma al pacto social que se escenificará en breve. Se inscribe en una tradición de entendimiento que es patente del gobierno Herrera, pero en este caso beneficia también la imagen del secretario socialista, muy necesitado de exposiciones como la de ayer por la mañana.

Porque la llegada del palentino Julio Villarrubia al frente de los socialistas de Castilla y León, en la primavera de este año, no se entendió como una irrupción de aire fresco, sino como un relevo forzado en la dura tarea de aguantar el tipo en el turno de espera.

Después del desencanto de Sevilla, donde otra vez el aparato sofocó las ansias de cambio provocadas por la más severa derrota que han conocido los socialistas en España, lo de Villarrubia pareció un arreglo para ir tirando, sobre todo si se observa el mapa de responsabilidades resultante. Dos residentes en Madrid (Villarrubia y Óscar López) se repartieron el partido y la gestión parlamentaria, mientras la gente que trabaja aquí con solvencia quedaba otra vez relegada.

El pasado viernes falleció en Madrid el socialista segoviano Luis Gómez Llorente (1939-2012), que en mayo de 1979 obligó a dimitir a Felipe González en el 28 Congreso. A pesar de su relevancia, llevaba treinta años apeado de cualquier ringorrango. Otra forma de militar. En Castilla y León, el PSOE suma treinta años de atrofia, perdiendo capilaridad social y acomodado a una existencia declinante. Ganó las primeras elecciones, empató las segundas, malogrando ciento veinte mil votos de una tacada, y perdió con descalabros crecientes todas las demás, hasta sumar seis revolcones seguidos.

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Mientras el ganador tuvo que pasar una larga temporada en el purgatorio, los fracasados enseguida encuentran puente de plata y tentadores acomodos en su despedida. A estas alturas, nadie sabe si Villarrubia será candidato en 2015. Pero de momento, le viene bien salir en la foto y a nosotros que los dos grandes partidos traten de cruzar juntos el río revuelto.