Diario de León
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ernesto escapa
León

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Han sido años de desprecio y acusaciones, tratando de convertir a los mineros en parásitos de privilegio. Sin respeto, con plena conciencia del veneno repartido en la siembra. Y mientras, los gobernantes han dejado pasar dos años sin acercarse a las cuencas, menospreciando las marchas de protesta, retrasando hasta la asfixia el dinero comprometido y alimentando el descrédito con engaños fuleros. Al ministro José Manuel Soria lo trajeron de las islas y en momentos de apuro intentó la chanza verdulera, enarbolando el plátano frente a la negritud del carbón. Pero el canario tampoco era nuevo en los sepelios industriales. Durante los severos ochenta ejerció como asesor del ministro socialista Carlos Solchaga. Así que la fugacidad de los sumarios fue esquinando a las minas, como otra carga más de los años de excesos y demasías.

Hasta que de nuevo se desató la tragedia. Siempre en otoño, cuando los días de luto agitan con desgarro las campanas, hasta nublar el salitre de las lágrimas. «¿Por qué muertos?», increpa el poeta Pablo Neruda. Como las anteriores masacres mineras de León: octubre en Caboalles y noviembre en Fabero. «No son recuerdos los que se han cruzado / ni es la paloma amarillenta que duerme en el olvido, / sino caras con lágrimas, / dedos en la garganta, / y lo que se desploma de las hojas: / la oscuridad de un día transcurrido, de un día alimentado con nuestra triste sangre». Esta vez la tragedia sucedió en Llombera, pueblo mítico de Gordón que cabalga el lomo de una collada con dos arroyos, uno que baja hacia Huergas y el otro hacia Brugos de Fenar. En los mapas oficiales, los dos llevan el nombre del pueblo, seguramente por pereza cartográfica, y acaban desembocando por valles diferentes en el Bernesga. Llombera es pueblo minero y al oficio del carbón dedica un homenaje a su entrada. Su emplazamiento entre peñas alimentó la leyenda de antiguos tesoros y la mitología de una resistencia numantina durante la revolución de octubre. Sus filandones alardeaban: «entre Tamba, Tambica y Tambicón, hay un tesoro que vale más que la ciudad de León».

Aquel tesoro lo desveló una vía minera que comunica Fenar con Gordón por el valle de Tabliza. Su recorrido discurre por el tajo de la tragedia, y más adelante asoma sobre un cielo abierto cuyo mordisco impresiona. Es un paisaje de sobresalto, con los camiones recorriendo los anillos de la gigantesca hendidura. Las de Gordón son las últimas minas de la montaña central leonesa, una vez clausuradas las cuencas de La Magdalena, Matallana y la más oriental de Sabero. Por eso, acogen a trabajadores de los valles vecinos, donde la tradición se resiste a morir. Uno de los heridos, Amancio Viñayo, hijo de Amancio y vecino de Viñayo, es presidente popular de una pedanía de mi pueblo. Como tantos chavales de la zona repite el nombre y apellido del padre. A menudo, también el oficio de la mina, del que otros nos libramos por casualidad o quizá porque cerraron los pozos antes de que nos tocara entrar. Precisamente de Viñayo es mi primera memoria de un accidente minero, que prolongó durante días la vigilia del duelo. Esta vez Amancio salvó porque el grisú lo pilló en el turno del bocadillo, pero ya acumula en su historial tres accidentes, dos en el piso siete de la desgracia. El ministro viajó con prisa a León para refugiarse en la sede provincial de su gobierno, lejos de las lágrimas y del duelo.

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