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ernesto escapa
León

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Hace años, los leoneses de parranda dábamos la serenata con el lamento de quien no tenía metro y tampoco tranvía, para acabar recitando el surtido inventario de glorias propias convenientemente exageradas. Esto era en el pasado siglo, cuando todavía teníamos espíritu canoro. Luego sucedieron años de abundancia y castillos en el aire, que nos han dejado como estamos: sin tranvía, después de los anuncios, con un aeropuerto deslumbrante pero sin aviones y con dos estaciones sin trenes. Por eso, sólo a la gente ministerial puede extrañar que los leoneses salieran el domingo masivamente y por sexta vez a protestar el desmantelamiento. El metro nunca lo tentamos, porque la ciudad romana colonizó una mesopotamia de lecho arenoso que no permite tales indagaciones, pero con el tranvía se despidió el anterior alcalde, que incluso llegó a escarbar algunas calles. Hoy aquellas expectativas se traducen en una decepción rabiosa. Como la que sólo producen los embustes.

La vía estrecha no llega a la ciudad, después de un enredo de años, que alejó los trenecillos hasta las Ventas. Aquella ficción iba enlazada al tranvía urbano, cuyos trazados virtuales jaleó hasta el chiste el dúo de la raqueta: Fernández/Villalba. Por entonces, Fernández era alcalde y Villalba conducía el hullero. Su herencia, al margen de provechos particulares, no ha podido ser más desdichada. Pero, con resultar ruinosa, no ha sido esta la única anomalía ferroviaria que nos afecta. Porque tenemos los túneles más caros de Europa en Pajares, que once años después de su inicio apenas sirven para robar agua a los valles de Gordón y de la Tercia. También se construyó en la ciudad una estación provisional, que durará lo que aguante, mientras la vieja se alquila para rodar películas. El fondo de saco creado con este ingenio suma media hora de retraso en la circulación hacia Asturias, que era el tiempo previsto para alcanzar Oviedo. Con la crisis y el desplazamiento de la toma de decisiones lejos de León, las posibilidades que se barajan son un apeadero para el Ave fuera de la ciudad o un soterramiento reducido cuyo coste no supere los 50 millones, lo que supone una quinta parte del dinero ya gastado en impermeabilizar sin éxito los túneles de la risa. El paso de Pajares se presupuestó en 1.085 millones y lleva engullidos 3.200. Para nada.

Esta deriva tuneladora recuerda la del pasadizo que durante décadas fue el más largo de Europa, también inútil, ferroviario y regado por filtraciones. Claro que aquel se bautizó como el río vecino: La Engaña. Para no equivocar a nadie. Tiene siete kilómetros y comunica la Merindad de Valdeporres burgalesa con la Vega de Pas santanderina. Tampoco lo cruzó nunca un tren, sólo los rebaños trashumantes y algunos camioneros intrépidos en época de nieves. Hasta que empezaron los derrumbes y se tapiaron los accesos.

Lo habían cavado presos políticos en época de estraperlo y sus dovelas se construyeron sin ferralla y distrayendo el cemento. Pero no hay que salir lejos a buscar disparates. Ahora mismo León sigue sin cerrar la ronda y con trechos de autovía dejados a su suerte, mientras el aeropuerto combina magníficas dotaciones con un uso declinante y casi ridículo. Un lío de infraestructuras y comunicaciones que más parece resultado de un despropósito diseñado para molestar, que fruto de la pura incompetencia. Pero es lo que hay y así nos tienen.

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