VERLAS VENIR
Pesadilla en el horizonte
Una vez que los candidatos ya están de ronda, las urnas europeas copan el menú de actualidad, aunque en esa romería sólo se manejan pequeñeces domésticas. A veces, la gresca la organizan en el Congreso las Sorayas de Valladolid, a propósito de sus aguinaldos del poder. Que si un sobresueldo por aquí y una cesantía por allá. Aunque luego escenifiquen con excesos verbales la apariencia de enfado, se lo pasan pipa en esa lid, tratando de distraer a la gente de sus agobios. Incluso Aznar hace pucheros porque los suyos no lo suben al escenario. Pero luego, cuando el alboroto de la queja agita el avispero, sus portavoces se apresuran a declinar cualquier aparición por atasco de agenda. Si las cosas no estuviesen como están, episodios así resultarían incluso chistosos. Comprobar el despecho de quien se considera redentor de la derecha, porque sus aparceros no le siguen haciendo la venia, por ejemplo. O anotar, otra vez más, amagos de querella que luego nunca se llega a presentar. Lo que ocurre es que ya no está la primavera para gaitas.
Todavía percuten los datos de la Encuesta de Población Activa correspondiente al primer trimestre, que suponen una enmienda sin contemplaciones frente a cualquier intento de malabarismo frívolo con las cifras de empleo y desánimo social. Aunque a Rajoy le hayan dicho que se muestre «muy contento», porque «las cosas van bien», y Herrera anuncie en sede parlamentaria la leve mejoría de abril. Hay asuntos con los que mejor no enredar, porque afectan a la dignidad de las personas y trazan un dibujo sombrío y del territorio que habitamos. Pero este diluvio de datos deprimentes no es otra tormenta de primavera, por mucho que los pregoneros se empeñen en fisgar la espalda de la luna, donde se refugian las ilusiones. Hasta ayer mismo, se han prodigado las descalificaciones fatuas a quienes desvelan la cara más hiriente de la crisis, mientras ayudan a que la sobrelleven sus víctimas. Organizaciones que asisten a los necesitados y nos advierten que la lepra de la pobreza no se detuvo en los inmigrantes, sino que ya alcanza a los lugareños y tiene el efecto insoportable de que un porcentaje cada vez más alto de niños acuda a la escuela sin desayunar. Con hambre.
El ministro Montoro encaja con dificultad la enmienda de Caritas a sus tropiezos, porque a buen seguro le resulta más sugestivo el vallenato de Maíllo que estas friegas de realismo. El zamorano convocó el martes en la Federación de Municipios y Provincias, que vicepreside, una reunión con Montoro y los suyos sobre la reforma local para hacer recuento de logros ministeriales y despejar dudas a sus compadres de las diputaciones. Ayer asomaron otra vez al balcón económico del Consejo de Ministros Montoro y De Guindos para decirnos que las nubes del horizonte son menos preocupantes que las de hace un año, cuando 2014 iba a marcar el retorno a la tierra prometida. Ahora nos emplazan para dentro de dos, tres y hasta cuatro años, según las dolencias. Suponiendo que esos cálculos esta vez sí fueran fiables, retrasan a 2018 la conquista de las cifras de paro que dejó Zapatero, aunque no explican de ningún modo qué piensan hacer para conseguirlo. Y lo que dice Montoro resulta ya muy poco creíble. El martes, en sede parlamentaria, el portavoz de la Junta calificaba a la socialista Ana Redondo como «la sobrina de Montoro». Para que valoren cuánto le quieren los suyos.