Publicado por
ernesto escapa
León

Creado:

Actualizado:

Q uienes aguantamos en la periferia del descuido, a duras penas nos vamos acostumbrando a este carrusel de foros, mítines, candidatos, programas, ofertas y modificados. Tanto tiempo sin pintar nada, que ni a la negra agonía del carbón hicieron caso, y de repente su urgencia por decirnos cosas colapsa los salones y hasta se tropiezan los pregoneros por las esquinas. Es lo que hay porque ahora las predicciones vienen confusas. Más inciertas que nunca. Y esas dudas sacuden a los viejos partidos y a los nuevos, porque ni unos ni otros tienen claro el precipicio de sus caídas o la envergadura de sus conquistas. Como en los alardes del naipe, da la impresión de que todos van de farol en la carrera de los remedios, lastrados unos y otros por la misma incapacidad para asumir el dictado de los nuevos tiempos. Sin entender que se acabó la acomodada alternancia de la transición y hay más disputa en el reparto.

Y campo abierto. A punto de abrirse la campaña, dos datos de los sondeos tienen amoscados y morugos a los contendientes. El primero se refiere al alto porcentaje de participación, que roza el setenta por ciento. Un propósito siempre bienvenido, cuando los postulantes cuentan con un balance de gobierno u oposición solvente. El segundo indicador de las encuestas apunta al pelotón de los indecisos, cuya cifra supera el cuarenta por ciento. Un grupo tan concurrido que debiera estimular una campaña pedagógica y paciente, de convicción. Sin echar mano de ocurrencias o trucos baratos. Contrastando proyectos y sin repartir descalificaciones. Pero todo indica que tampoco esta vez la campaña va a ir por ahí, sino que se empeñará en machacar con tópicos y melonadas de argumentario. Ante semejante panorama, sólo cabe esperar que los nuevos partidos tengan la capacidad de girar el discurso a los tradicionales. Aunque se resistan a aceptarlo, resulta imprescindible que la gente perciba en qué se diferencian los proyectos que concurren a las elecciones y qué se gana o se pierde con cada uno.

Pero este requilorio de evidencias queda reducido a nada si los fontaneros de campaña desprecian la voluntad de contraste. Y todo parece indicar que una vez más nos van a hurtar los debates televisados, esa fórmula que permite captar de un vistazo las diferencias entre unos y otros, entre los pregones de cada cual y lo que realmente puede esperarse que hagan. Al cabo de tantas proclamas de transparencia y regeneración democrática, la vieja política sigue mostrando pánico a la exposición pública contrastada. Sin entender que los debates son una exigencia democrática que no puede camuflarse con apaños.

Estamos ante un fin de ciclo, cuyos efectos posiblemente nos llegarán más tarde, con ese periodo de carencia al que se ven sometidas las novedades en territorio hostil. Pero las urnas de mayo van a ofrecer unos resultados nada parecidos a los que ahora despedimos. Porque también en nuestra sociedad se perciben movimientos apreciables, que si todavía no alcanzan la sacudida del tsunami tampoco se reducen al estiramiento de quien a duras penas se despereza. Y en esta nueva etapa va a resultar imprescindible que extrememos las exigencias. Para que nunca jamás, por ejemplo, un ministro pueda refugiarse en la subdelegación del gobierno mientras a cuarenta kilómetros hay seis mineros muertos.

Cargando contenidos...