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VERLAS VENIR ERNESTO ESCAPA
León

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D urante décadas, nuestro territorio ha contribuido a la producción energética nacional con la mayor extensión de valles anegados por los embalses, montañas rotas por la minería del carbón y también por ser el único con presencia de todas las fases de producción nuclear. Desde las minas de uranio salmantinas a la central nuclear de Garoña en el Ebro, pasando por la fábrica de combustible nuclear de Juzbado, que alimenta centrales de España, Alemania y Rusia. En realidad, sólo nos faltó el cementerio de residuos nucleares, que postuló en su campaña electoral de 1987 el candidato socialista Laborda para Aldeadávila de la Ribera, en los Arribes salmantinos. No se sabe si por servil sometimiento al gobierno de entonces o por su anhelo de completar en casa el ciclo nuclear.

En todo caso, ahora que el cumplidor ministro Nadal ha decidido llevar la contraria a su presidente, quien dijo muy alto y claro que Garoña no se iba a cerrar con su gobierno, conviene reflexionar sobre la coherencia de esta medida, que sucede a unos cuantos meses de laborioso y costosísimo trabajo del Consejo de Seguridad Nuclear, cuyo dictamen consideró viable sin riesgos el funcionamiento de la central en un horizonte temporal que haría rentable la inversión precisa para su mantenimiento. ¿Qué ha ocurrido entonces que pueda explicar tan súbito cambio de criterio? En realidad, la mudanza del paso nuclear del gobierno no tiene nada que ver con la seguridad, sino con el chalaneo presupuestario. Al final, se ha impuesto la exigencia peneuvista de cerrar la nuclear de Garoña, cercana a su territorio, como en los ochenta ya ocurrió con Lemóniz, incluso antes de que echara a andar. Ni siquiera se esboza, como compensación, un plan económico para el burgalés Valle de Tobalina, similar o corregido a aquel que anunció en vano el entonces vicepresidente político de Zapatero Manuel Chaves. Tampoco ceja el gobierno de Rajoy en su empeño de facilitar a la australiana Berkeley, apadrinada por Cañete, los destrozos de encinas centenarias en Villavieja de Yeltes. Esa es una interlocución de otro rango.

Lo que no parece urgir al gobierno es disponer de un almacén centralizado de residuos nucleares que permita suspender el pago diario de 120.000 euros, repartidos entre Inglaterra, desde 2010, y Francia, desde 2011, por tener en acogida temporal los residuos que producen nuestras nucleares. Acaso parezca insignificante al gestor de los caudales Montoro, acostumbrado a señalar otras borracheras de gasto. Por si acaso y para que nos vayamos situando ante lo que nos puede esperar, el ministro energético ya avisa que el recibo de la luz pudiera subir un 25%. Para que luego no le acusen de pardal. En cuanto al plan de reindustrialización del Valle de Tobalina, nanay de la China. Un proceder respecto al interés de los afectados que reproduce sin enmienda el del infausto Soria de nuestras peores pesadillas. Para paliar este malestar en días de sosiego estival, recordemos nuestra trayectoria nuclear, con episodios tan broncos repartidos por la bacalada regional como los de Lubia, en Soria, donde Franco pretendió fabricar su bombita nuclear que iba a probar en el desierto del Sáhara en un plan bautizado Islero, como el toro que mató a Manolete este agosto hace setenta años. También Valencia de don Juan se levantó en 1975 contra la energía nuclear, liderada por José María Alonso Alcón, un alcalde que resultó ser primo de Francisco Umbral. Otras revueltas históricas se aprecian en la bacalada regional, que ahora se dispone con resignación a digerir los despidos de Garoña por cese de actividad.

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