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VERLAS VENIR ERNESTO ESCAPA
León

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E ntre gandules, no valen cautelas. Ni con los pandilleros de Junqueras, practicantes del embuste industrial, ni con las eléctricas, que facturan codiciosas y desmandadas la luz de nuestras casas. Ni unos ni las otras cejan en la voracidad de su porfía. Así que en la tarde del lunes el precio de la electricidad doméstica alcanzó otro máximo histórico, según datos de la gubernamental Red Eléctrica Española, que todavía preside el zamorano de Rato José Folgado Alonso. Los inextricables enjuagues que determinan la amenaza de cada factura eléctrica hicieron que en la tarde del lunes claretiano el precio del megavatio por hora saltara de forma abrupta pero perfectamente controlada desde los 120 euros, entre las cuatro y las cinco, hasta los 170 euros por hora a las seis, tomando el pico anual de 182,54 euros entre las siete y las ocho, hasta superar los 182,05 euros del 25 de enero de 2017, cuando la ola de frío tocó techo entre las 9 y las 10 de la noche.

Semejante desmadre incontrolado e inadvertido deriva de la “cocina” de la luz, un manejo turbio en el que intervienen la subasta mayorista entre eléctricas, los peajes de la administración y un estrambote que llaman ajustes. Todo indica que en el chispazo del lunes fueron determinantes los ajustes, pero nadie nos va a explicar quién clavó el rejo a los consumidores. El ministerio de Alvarito Nadal y del filósofo Lasalle, que ahora llaman de Energía, Turismo y Agenda Digital, valora este rejo en la factura de octubre como algo puntual, indicando que estarán atentos por si el brote resultara más permanente. Aunque el agobiante veranillo que transitamos hace innecesaria todavía la calefacción, parece que el secreto de la “cocina” que explica el disparo de los precios radica en el apagón hidráulico, causante de la puesta en marcha de las fuentes de energía de ciclo combinado, es decir, las térmicas que funcionan con gas y carbón, como la de La Robla. Carbón importado, por supuesto, para no gastar del nuestro. En realidad, este desmadre viene ya de agosto, cuando los precios empezaron a repuntar, aunque el Nadal energético y su filósofo Lasalle mantuvieran impasible el ademán. El desmadre del 25 de enero, en medio de la ola de frío polar, hizo comparecer entonces al tierno ministro Nadal, a quien el carbón no ocupa tiempo ni afán. Entonces nos contó que había adoptado medidas para incrementar la oferta gasista en el mercado y bajar los precios. También la Comisión Nacional del Mercado de la Competencia instó al ministerio a que estableciera las obligaciones que las gasistas (Fenosa, Endesa y Gas Natural) deben cumplir para actuar como creadores de mercado energético. Pero Nadal no hizo otra cosa que comparecer en enero y tampoco lo va a hacer ahora, de manera que seguimos con los precios eléctricos más altos y el consumo gasista más bajo de los mercados europeos: apenas un 2% de la demanda.

Es lo que hay. Respecto a la gandulería secesionista del 6 y 7 de septiembre, pareciera lo más lógico responder a la provocación cuando los amotinados televisaron su abolición en un puñado de Estatuto y Constitución, durante unas jornadas parlamentarias de bochorno e imposible digestión democrática. Fue entonces cuando quienes tienen como obligación su defensa, debieron actuar de inmediato, evitando los episodios sucesivos de la segunda mitad de septiembre y del primero de octubre. Empujar a otros poderes del Estado, amagando con advertencias, jamás puede ser considerado un acto prudente, sino perezoso e indolente. Con las consecuencias previsibles que ahora estamos padeciendo.

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