Resaca capital
L os desplazados el domingo a Madrid, como embajadores de la España vaciada, enseguida aprendieron en la capital que aquellos espacios urbanos sólo nos dirigen su atención en estos días postulantes por la jerigonza de las expectativas electorales, que sitúan la llave de san Prudencio para controlar las Cortes Generales en las urnas de estos territorios tradicionalmente maltratados por la gobernación. Tarde va siendo, aunque siempre mejor y más llevadera esta demora que aguardar pacientes y sumisos a la extinción definitiva. Que es hacia donde vamos acelerados, agitados con premura y urgencia inconscientes. Porque a este lado de los pregones apenas si queda ya margen para la supervivencia. Por devorar, hasta han acabado comiéndose los resortes de la cultura rural consolidada en un momento fecundo de nuestro territorio, que ya había superado el analfabetismo mientras las zonas urbanas y periféricas de la actual prosperidad soportaban porcentajes con dos dígitos de inculta ignorancia.
Sólo en ese ambiente de tosca zafiedad pudo prosperar rápidamente entre sus zampabollos la ingestión de tonterías tan ridículas como llamar másteres a las pericias y maestrías de toda la vida. Y encima, pagarlas con desmesura. Tropeles de garrulos urbanitas son mucho más fáciles de dirigir con un trapo que nuestros resistentes rurales, depositarios de una cultura acuñada con valores ancestrales. El mismo Napoleón alardeaba de haber logrado que cientos de miles de personas sacrificaran sus vidas por una tela de colores. Así que no podemos extrañarnos del seguimiento que todavía hoy alcanzan los agitadores de banderas en sus convocatorias callejeras de Madrid o Barcelona. Unos y otros movidos por el tirón de sus creencias enfrentadas y contrapuestas. Al fin y al cabo, hemos dejado pasar tanto tiempo aguantando la lima de derechos y soportando despojos como para esperar ahora reacciones solidarias. Así que contemplamos con pasmo pastueño las convocatorias. Ni siquiera es probable que nos queden resortes para aprovechar este interés circunstancial de los pregoneros políticos por nuestros votos desperdigados. Porque ya hemos acreditado durante demasiado tiempo que también servimos como palmeros de abusos y desafueros. Fiando ilusos en futuras redenciones precedidas de pateo.
El mapa melancólico de León, que ofrecía Maite Rabanillo en el periódico del sábado, fue sin duda apropiado para envolver el bocadillo de la excursión dominical entre Colón y Neptuno: nos pinta un paisaje desolador, porque sumerge dos tercios de la provincia como universo despoblado. A estos 119 municipios vaciados, donde sobreviven cincuenta y dos mil leoneses, les van a alcanzar las ayudas comprometidas por el gobierno socialista, que ha conseguido articular su oferta al cabo de nueve meses, después de años de amagos, descuidos y renuncios populares. Lo que de momento no se formula, ni tiene pinta que urja abordar, es la reforma administrativa que agrupe servicios en el medio rural, reduciendo drásticamente el número de municipios. Dos mil doscientas cuarenta y ocho estructuras locales son una maquinaria insoportable, que no ayuda en nada sino que lastra las expectativas de nuestros territorios despoblados. Y dejar que sigan las cosas como están, supone condenar a los ayuntamientos a la irrelevancia, lastrando definitivamente la improbable redención de los territorios vaciados. Claro que también conlleva la seguridad de los poderes superiores de actuar con manga ancha, atropellando a su capricho el territorio. Y eso siempre conviene al que manda.