Obituario

El hombre que amaba a León

La muerte de Emilio Martínez Torres, a los cien años, deja a la ciudad sin una figura irrepetible que supo contagiar su insobornable curiosidad intelectual

E. Martínez Torres, en su domicilio, en septiembre pasado.

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V. pueyo | león
León

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«Para ser leonés hay que amar a León. Amar es comprender y comprender es amar». Hace cuatro meses, en la que sería su última entrevista en este periódico, Emilio Martínez Torres, resumía así su ideario, su vocación cien por cien leonesa. Ya no verá León pasear por sus calles esa sana y cabal cazurrería abierta a todos los puntos cardinales. Se despedía ayer en la iglesia de San Juan y San Pedro de Renueva al hombre, al catedrático de Filosofía, al emprendedor infatigable de aventuras intelectuales, pero quizá, sobre todo, al curioso impenitente. Hasta el final. Llegar a los cien años y llegar, como él llegó, sin perder la inquietud por conocer, es una mezcla de premio y de milagro reservado a unos pocos. Llegar a los cien años era para él «un mito y una meta». Y llegó muy lúcido a esa meta.

El primer recuerdo de Martínez Torres se va hacia un tiempo en el que la Universidad de León era más un boceto adolescente que una realidad. Pionero y promotor infatigable de los cursos de verano de la Universidad, llegaba personalmente con su documentación hasta este diario para facilitar las cosas y dejar todo bien atado. Nunca disimuló su cariño hacia este periódico, seguramente porque tenía bien nítida la imagen de su paisano Antonio González de Lama, «ese hombre bueno y sabio» que le trasladaba a los tiempos de la infancia y la juventud en Valderas. Quizá en aquellas tardes jugando en Valderas, «mientras él nos explicaba las bases del idealismo», naciera su pasión por enseñar, su profundo convencimiento de los valores de la educación que propiciaron la llegada de numerosos estudiantes extranjeros que traían aire fresco a la sociedad leonesa y conocieron nuestro país y nuestra forma de vida gracias a esa iniciativa.

Quedémonos con esa idea central del hombre abierto al mundo y al mismo tiempo defensor a ultranza de valores que consideraba esenciales. «Los responsables de la enseñanza -”dijo en otro momento-” tienen el deber de atender siempre a la formación integral y no parcial del alumno, lo mismo desde la enseñanza media que desde la universitaria».

No abandonó esa directriz durante su larga y fecunda jubilación en la que viajó desde la Filosofía hasta la Hi storia y en particular la de León. Quizá, sea este 2010 una ocasión muy oportuna para que su memoria sea subrayada como se merece.

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