Diario de León

La pintura ingenua de Blanca Sagastizábal entra en Ármaga

Sus escenarios van del circo a la selva, de la ciudad a los oficios

Blanca Sagastizábal, junto a la obra que acaban de premiarle en Estoril (Portugal).

Blanca Sagastizábal, junto a la obra que acaban de premiarle en Estoril (Portugal).

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marcelino cuevas | león
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Cuando Blanca Sagastizábal era sólo una niña y emborronaba papeles con sus dibujos, su padre, un eminente pintor, le pedía: «Blanca, sigue pintando así, nunca aprendas las técnicas, nunca pierdas la ingenuidad». De eso hace ya más de cincuenta años. Blanca ha seguido pintando, contando historias, como dice ella, y siempre con una mirada personal y diferente, siempre con el toque naif que la distingue.

Así pues, Blanca Sagastizábal, tiene una razón clara y una disculpa para seguir con sus sencillas composiciones, con sus abigarrados colores, con ese estallido de delicada ingenuidad que hace de sus obras un canto a la libertad. Sigue sin tener la necesidad de visitar la Academia. Su temática es tan variada como la vida misma. Desde una representación de los pintores que hace algunos meses pintaban las paredes de su casa, hasta el fascinante mundo del circo, cualquier suceso tiene cabida en el espacio de sus lienzos.

Todo tipo de escenarios. Y lo más curioso es que la original pintora no tiene preferencia por ninguna temática determinada. Pinta sus historias en plena ciudad, con los rascacielos bailando una frenética danza y las calles pobladas de coches de bomberos y blancas ambulancias, luchando contra los efectos de un incendio poderosamente rojo. Es capaz de relatar la aventura de unos misioneros perdidos en una inmensamente verde selva tropical, incluyendo a los mismísimos ángeles en el reparto.

No hace mucho le otorgaron un premio en el Casino de Estoril, por su visión de un circo en el que comparten pista, en animado desfile, elefantes, caballos, payasos, tigres, equilibristas-¦ todos unidos por la potente imaginación de la artista.

No hay duda de que su padre tenía razón cuando le decía que no aprendiera a pintar, porque es gratificante encontrarse de vez en cuando con artistas que son capaces de expresar sus pensamientos sin tapujos, sin escudarse en lo virtuoso de sus pinceles, sin anteponer lo accesorio a lo verdadero, a lo real, a lo auténtico. Porque reales son, como la vida misma, los lienzos de Blanca, llenos de color, pero, especialmente, plagados de historias cotidianas que no servirán para cambiar el destino de la civilización, pero que nos cuentan de una forma íntima y amable las pequeñas anécdotas que todos vivimos y que nos acompañan en el transcurrir de nuestras existencias.

La galería de arte Ármaga ha conseguido que una primavera, florida y optimista, vista de vívidos colores sus paredes.

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