Así te recuerdo
Opinión | verónica viñas
Te recuerdo Victoriano en tardes de largas entrevistas. Te recuerdo en el salón de tu casa, devorado por los papeles. Ofrecías siempre un cenicero a las visitas, porque indefectiblemente -”lamentabas-”, era el regalo que te colocaban en los premios, homenajes, conferencias y otros ágapes a los que ibas. Te recuerdo reivindicando cada Navidad una subida de sueldo para tus compañeros. Te recuerdo haciéndote el sordo para esquivar a «esa gente del ministerio», decías con fatiga, que llamaba con insistencia una tarde para comunicarte la concesión de la Medalla de Oro al Trabajo. «¿Y qué mérito tiene trabajar toda una vida?», espetaste. «¡El mérito sería no haber dado un palo al agua!...». Siempre con tu retranca y tu ironía.
Te recuerdo en mis días de infancia, en aquellas sobremesas radiofónicas en las que escribías tus cartas a la tía Federica. Te recuerdo enamorado; emocionado y con la voz empañada, cuando hablabas de tu mujer y lo desamparado que te había dejado en el mundo. Te recuerdo calculando que te quedaba una década de vida: eso pensabas a los ochenta, igualmente a los noventa y, sorprendentemente, también a los cien... Te recuerdo amando la vida y amando la palabra. Te recuerdo triste cuando te sentías olvidado. Entonces te dije: todo el mundo te quiere, Victoriano. Y respondiste: «¡Cuánto me quieren y qué poco me leen!».
Te recuerdo ilusionado el día que inauguraste la fundación que lleva tu nombre. Recuerdo que escribías las columnas en el reverso limpio de las hojas que reciclabas. Tus primorosos tachones, que delataban tu pasado de tipógrafo y corrector... Y recuerdo aquella frase premonitoria: «Perdona si me muero sin despedirme». No puede ser que haya pasado un año, tal y como te recuerdo...