Diario de León

El Príncipe de Asturias Richard Serra llena de «manchas» Cerezales

La Fundación Antonino y Cinia acoge la exposición «Peso y materia», quince grabados en los que el artista norteamericano reflexiona sobre sus «moles» escultóricas

Un visitante contempla una obra de Richard Serra.

Un visitante contempla una obra de Richard Serra.

Verónica Viñas
León

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Es casi imposible fotografiar un grabado de Richard Serra. El resultado sería un cuadrado negro. También es chocante que el artista norteamericano, considerado el mejor escultor vivo del mundo, exponga en un pueblo que no pasa de los cien habitantes. Pero en Serra, Príncipe de Asturias de las Artes 2010, todo es excepcional; igual que en la Fundación Cerezales, patrocinada por Antonino Fernández, leyenda viva de los indianos leoneses y empeñado en llevar la cultura más exquisita a su localidad natal. Ayer esta institución lanzaba un «guiño» al Reina Sofía y al Guggenheim, los dos únicos museos españoles donde «el artista que nunca sonríe» tiene sala propia.

Peso y materia. Así se titula la exposición. Breve y contundente. Por algo Richard Serra es el máximo exponente del Postminimalismo. Como las quince obras que reúne en tres salas.

«Explícame este cuadro», retó ayer un abuelo a su pequeña nieta, atónita ante las «manchas» negras que tenía delante.

Alrededor de un centenar de personas -”más que habitantes censados-” se concentraron a la una de la tarde en la Fundación Cerezales, que abría sus puertas para ver la obra de uno de los artistas más reconocidos del mundo.

El cartel de la muestra, que permanecerá abierta hasta el 3 de octubre, está colgado en los bares de toda la comarca, donde empiezan a ser familiares artistas como Tadanori Yamaguchi, que expuso dos esculturas al aire libre, así como Eduardo Arrollo o Chilla.

La intención de Antonino Fernández, que montó un imperio cervecero en México, es que los habitantes de su pueblo accedan a una cultura que él no tuvo a su alcance.

Nada más traspasar la puerta de la fundación, el visitante se topa con un mural explicativo sobre la vida y obra de Richard Serra, que confiesa: «Mis grabados son principalmente estudios hechos después de que una escultura se ha concluido. Son el resultado de intentar evaluar y definir lo que me sorprende en una escultura, lo que yo no podría entender antes de que una obra fuera hecha».

Manchas que hacen pensar. En la primera sala, cinco manchas negras, algunas de más de dos metros, denominadas Level (nivel) o Double Level, otras Sin título, así como Paths & Edges (caminos y bordes). En la sala más pequeña, otros tres cuadros negros, titulados Weigth (peso) y numerados del 1 al 3. Al final, una «luz» en el túnel: tres obras gráficas, tituladas Beetween the Torus and the Sphere (entre el toro y la esfera), que remiten a las esculturas del mismo nombre del Guggenheim, creadas a partir de secciones de toros y esferas que ofrecen diferentes efectos en el movimiento y la percepción del espectador.

Y es que Serra, acostumbrado a lidiar con auténticas «moles» -”como la que le extravió el Reina Sofía, de varias toneladas de peso-” parece ahora empeñado en trasladar al papel la misma fuerza creativa de sus gigantes de acero. Esta es la filosofía que hay detrás de las «manchas», pero su elaboración, pese a lo que pueda parecer a simple vista, es aún más compleja: meses antes de afrontar un grabado diseña las enormes planchas de cobre que después sumerge en tanques de ácido. También estos tanques, como todo lo que toca Serra, son singulares y han sido creados expresamente para los grabados monumentales. Las planchas se mantienen sumergidas en la solución entre cuatro y cinco días y hasta medio kilo de tinta por cada impresión.

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