Diario de León
Publicado por
josé javier esparza
León

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Ayer empleé varios minutos en ver y volver a ver el beso de Casillas o, para ser más precisos, la intensa explotación publicitaria que Telecinco ha hecho del mismo: no sólo nos repetían el beso una y otra vez, sino que además las cámaras salieron a la calle para ver cómo la gente se besaba; besos estimulados por la propia cadena, que así construía su propio espectáculo. Ha nacido una nueva leyenda del beso, como la de Soutullo, pero con música no de zarzuela, sino de vuvuzela. Cuando yo era pequeño, la opinión progresista acusaba al franquismo de utilizar el fútbol como instrumento de neutralización política de las masas. La gente de orden -"y la humanidad futbolera en general-"contestaba que no, que era de mal gusto mezclar fútbol con política, pero la opinión progresista tenía razón. La tenía entonces y la sigue teniendo ahora, aunque con esta salvedad: todos los poderes de todos los tiempos, ya sean democráticos, autoritarios o mediopensionistas, han utilizado los espectáculos de masas como instrumento de neutralización política del personal. Ahora bien, esto pasa porque las masas se dejan y, más aún, porque en general la gente prefiere los espectáculos de masas a la implicación política. O sea que se juntan el hambre y las ganas de comer. Sobre esta constatación, lo que hemos visto en los últimos veinte años es un refinamiento y a la vez un reforzamiento del espectáculo, que cada vez llega más lejos y es más completo. Así el presente Mundial de fútbol, hábilmente manejado por los profesionales del show-business , ha logrado construir una realidad virtual -"la movilización masiva de los españoles-" sobre un hecho real como la victoria de la selección española. A mí me gusta (moderadamente) el fútbol. Me alegra que España haya ganado el Mundial. Incluso me llena de júbilo que la estampa final del espectáculo sea un beso, porque es bueno y grato que la gente se bese. Pero una cosa no quita la otra: estamos ante una gran escenificación donde nada de lo que pasa, por espontáneo que parezca, deja de emplearse para hacer caja. Y eso hay que decirlo.

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