El invento del maligno
Horteras
Todos los veranos pasa igual: la tele se convierte en nido de nuestras peores costumbres. Y no se trata ahora de las vergonzosas exhibiciones de los artistas del cotilleo, sino de algo mucho peor: las miserias de la gente de a pie, o sea, usted y yo. Desde Ola ola hasta las fiestas de pueblo -"que hay un par de programas sobre eso-"pasando por los karaokes masivos, toda la parrilla se ha llenado de productos veraniegos donde se trata de mostrar cómo somos los españoles en nuestra intimidad vacacional. Y, claro, el resultado deja mucho que desear; no sólo televisivamente, sino también -"y sobre todo-" en la imagen que los españoles damos a la cámara. ¿Cámara? Ya lo advierte el viejo dicho: nadie es rey para su ayuda de cámara. O sea que es inviable persuadir de nuestra excelsitud al que nos lava la ropa interior. La conservación de la dignidad suele ser inversamente proporcional a la exhibición de la intimidad. Porque seamos sinceros: es francamente difícil mantener la compostura en la intimidad, y mucho más si se trata de una intimidad solitaria, o sea, a solas con nuestras propias miserias.
Quien no se haya puesto alguna vez unas de esas horribles zapatillas con la cabeza de Mickey Mouse en la punta, que salga y lo diga (va por usted, señora). Lo mismo vale para esa extendida costumbre de hurgarse la nariz en los semáforos. Esto no es demasiado censurable: sería horrible una vida en la que no cupieran momentos de relajación estética. Ahora bien, precisamente por lo íntimo, me parece simplemente catastrófico que este tipo de expansiones se convierta en tema de la televisión veraniega. Una cosa es que uno asome la barriga cervecera a una playa de Alicante -pecado del que ninguno estamos exentos-, y otra muy distinta es que esa barriga salte a las ondas convertida en argumento de comunicación social. Lo primero merece indulgencia; lo segundo, penitencia.
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