Bochorno
El invento del maligno josé jaiver esparza
Bochorno. Pero qué bochorno. Las imágenes de la llegada de Isabel Pantoja al juzgado, el otro día, no son sólo de vergüenza ajena, sino también de vergüenza propia. Otras veces, las cámaras se limitan a recoger la irracionalidad popular; este vez, por el contrario, la irracionalidad la hemos puesto nosotros, los periodistas, convertidos en vulgar populacho por un quítame allá esa exclusiva. ¡Si hasta le rasgaron el vestido! Repase usted la escena: entre la muchedumbre que esperaba a la Pantoja, la inmensa mayoría eran periodistas. Es decir, estamos hablando de profesionales que han estudiado una carrera universitaria, que pretenden cobrar como tales, que invocan con frecuencia su función social, que continuamente enarbolan la libertad de expresión y el secreto profesional y la cláusula de conciencia y la ética de su oficio.
¿Pero qué libertad, ni qué cláusula, ni qué ética ni qué carajo (de la vela) podemos enarbolar cuando nos comportamos como hooligans serbios? Por supuesto, esos chavales que estaban allí, cámara en ristre, habían acudido estimulados por sus jefes, que les habían pedido la foto o la imagen más impactante. De todos es la culpa. Visiblemente, ni los jefes ni los chavales han reparado en que existe una cosa que se llama «dignidad». Dignidad de la pobre Pantoja, convertida en presa de hienas; dignidad del público, que merece otra cosa; dignidad, también y sobre todo, de la propia profesión periodística, que pocas veces ha caído más bajo que en este trance. Uno puede entender que un profesional, enfrentado a la noticia exclusiva de su vida, lleve su agresividad hasta el límite.
Pero, oiga, es que no estamos hablando del caso Watergate, sino tan sólo de Isabel Pantoja, y es terrible que ya no sepamos reconocer la diferencia. Aquí nos hemos vuelto todos locos. No me extraña que la dueña del piso donde ha muerto Antonio Puerta -”el agresor de Neira-” haya contratado ya a un representante para lidiar con las cadenas de televisión. Que contrate también a un tabor de Regulares para que le haga de guardaespaldas; los va a necesitar.