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León

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El invento del maligno joseé javier esparza

P ara varios millones de españoles, en particular los más jóvenes, el principal medio audiovisual ya no es la televisión, sino Internet. No es que los jóvenes no vean la tele, sino que, sencillamente, esta ya no es el primer recurso audiovisual, del mismo modo que, para muchos padres de familia, la tele solo es el aparato donde se ponen los DVD que ven los niños. Frente a la oferta de la televisión, necesariamente cerrada por mucho que los nuevos canales de TDT hayan abierto el paisaje, Internet ofrece un universo interminable. Uno puede pasarse horas escuchando música, viendo películas, jugando o revisando vídeos. Y además puede hacerse todo eso con un gasto mínimo, e incluso gratis, de manera que la propuesta cibernética es mucho más tentadora que la televisión. Naturalmente, para eso es preciso que las páginas web ofrezcan esos contenidos, que el internauta pueda acceder a ellos sin problemas y, si es posible, que no cuesten un euro. Pero, entonces, ¿qué pasa con el autor de esa música o con el productor de esa película? ¿Deja de recibir dividendos por su trabajo? Pues sí. Y por eso desde hace unos años hay quien se exprime los sesos buscando la manera de conciliar la navegación por Internet con el respeto por los derechos de autor. En España, donde nuestros gobiernos nunca se han caracterizado por su portentosa inteligencia, hemos optado por la vía más primaria: crear una comisión del Gobierno que pueda cerrar páginas web -previa actuación judicial- si éstas ofrecen descargas ilegales. Esa es la famosa -˜ley Sinde-™ (por el nombre de la ministra de Cultura) que ayer iba al Congreso. Objeción de principio: nadie discute -”o nadie debería hacerlo-” el derecho de los autores a recibir una remuneración por su obra, pero otorgar a un Gobierno la potestad de cerrar páginas web es poner al zorro a cuidar del gallinero. Sería mucho más sensato reformar de una vez la Ley de Propiedad Intelectual. Pero, claro, eso es lo que no quiere la Sociedad General de Autores, lobby beneficiario de la -˜ley Sinde. Al final, menos libertad y más control. Malo. Y feo.

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