Burlando la nada tras las puertas
Georges Adéagbo, Gervasio Sánchez y Akram Zaatari abren esta tarde la temporada expositiva del Musac
Un detalle de la exposición 'La misión y los misioneros', de Georges Adéagbo.
«Érase una vez el arte, la muerte de una persona y la resurrección de la persona muerta. La filosofía y el arte; la filosofía para hacer el arte». La obra del artista beninés Georges Adéagbo se esfuerza por conjurar la frase terrible de Jorge Luis Borges -«Como en los sueños detrás de las altas puertas no hay nada, ni siquiera el vacío-. Adéagbo ha traído hasta el Musac gran parte de las constelaciones con las que ha generado su particular universo, aunque -si seguimos las fabulaciones que modelan su espacio creativo- tendríamos que formularlo al revés. Porque Adéagbo defiende que es el arte el que crea el artista y no al revés.
«Hay algo que siempre falta en la cultura de un país». Y, por eso, él se convierte en un intermediario -de ahí el nombre de la exposición- para poner en marcha un diálogo entre la cultura universal y la local. De hecho, un mural de San Isidoro comparte los muros del museo con otros centros religiosos del mundo, demostrando con ello que todo está conectado, que el entendimiento -a pesar de todo- es una ley natural. El trabajo de Georges Adéagbo puede calificarse de arqueológico. Para un espectador apresurado, su obra no pasaría de ser una aglomeración caótica de elementos. Sin embargo, una mirada pausada revela una red de relaciones, de enlaces que se convierten en la brújula hacia una nueva manera de aventurarse por nuestro propio espacio mental.
Homosociabilidad. En el caso de Akram Zaatari, la investigación se produce en un lugar -la arabidad- y un asunto -masculinidad- concretos. El artista libanés rastrea cómo se forja el mundo del hombre en los países árabes, estudiando la generación del status que tiene el cuerpo desde el punto de vista social, cultural y sexual en estos contextos. Homosociabilidad es la palabra con la que podría definirse la muestra de Zaatari, titulada El molesto asunto, tal vez porque refleja la difícil construcción de la masculinidad, la urdimbre de afectos y relaciones que se generan entre hombres -también las homosexuales- en unos escenarios en los que nada es lo que parece. El comisario de la exposición, que itinerará a México, Juan Vicente Aliaga, puso como ejemplo uno de los videos de la exposición, en el que Zaatari se sirve de la imagen poética de la película de Rohmer Le rayon vert para convertir una máquina de escribir -envuelta con el halo nostálgico de la relación paternofilial- en un pretexto para bucear en las nuevas relaciones entre hombres abiertas gracias al chat.
Gervasio Sánchez nos obliga a realizar un peregrinaje a través de tres museos. El Musac, el CCCB de Barcelona y La Casa Encendida de Madrid albergan las imágenes del desgarro que el fotógrafo ha ido recogiendo a lo largo de veinte años de trabajo. Desaparecidos muestra la odisea del dolor, la aventura de cientos de miles obligados a tejer y destejer la evocación por la ausencia forzada de sus seres queridos. Historias de ausencias, como la reflejada en las secuencias de Wafa Jerala, una víctima del horror de Sadam. Wafa pasó media vida en prisión y, al salir, descubrió que su padre, su hermano, su primo y su tío habían sido asesinados. El porqué de tanto horror lleva a pensar que la teoría de Hannah Arendt -la banalidad del mal- tiene aquí su mejor expresión. En medio de todas las historias, el visitante se cruza con la instalación Crueldad y dolor , una pieza del Musac en la que Gervasio Sánchez ha querido enfrentarnos a la realidad de los desaparecidos. El cubo funciona como un panóptico en el que las imágenes de las víctimas se funden con las del visitante a través de un mural de espejos. Papeles intercambiables. Nosotros y los otros. El infierno en tres salas. Y aquí, tampoco se puede abrir la puerta.