Los ojos y oídos de la guerra
El realizador Roberto Lozano culmina en León el rodaje de un documental sobre el día a día de los periodistas enviados a los conflictos más candentes del momento
El corresponsal de guerra David Beriain, con atuendo afgano, y Roberto Lozano, rodando en Herat.
El último día de rodaje y la última escena rodada: el fotoperiodista Gervasio Sánchez sostiene la imagen de una exhumación en Irak momentos antes de inaugurar su exposición Desaparecidos en el Musac leonés. En días anteriores había hablado ante la cámara, largo y tendido, sobre la tenaz persistencia que tienen las huellas de los conflictos bélicos, la hipocresía de los gobiernos que los permiten, los estallidos que tienen lugar en lugares alejados del interés occidental y que llegan tan solo en sordo rumor...
Con esa toma, el realizador vallisoletano Roberto Lozano culminaba este sábado su material para Los ojos de la guerra , un largometraje documental de noventa minutos que recoge las experiencias cotidianas de una veintena de corresponsales de guerra españoles que desempeñan su trabajo en los lugares más peligrosos y candentes del momento. Estos profesionales son, concretamente, David Beriain y Sergio Caro en Afganistán; Hernán Zin en Kenia, Ruanda y Congo; Mikel Ayestaran en Irak; y Gervasio Sánchez en Bosnia-Herzegovina. Con ellos compartieron muchas jornadas de tensión, el día a día de un trabajo marcado por la inseguridad constante, no sólo sobrevolados por la espada de Damocles del peligro físico, sino también por la de la mentira y la manipulación, ambas compañeras inseparables de cualquier guerra.
Pero además de ese «trabajo de campo», la película incluye significativas entrevistas a conocidos informadores -unos en activo, otros ya retirados- que hablan de su experiencia junto a las bombas o los refugiados, y que son, entre otros, Arturo Pérez-Reverte, Ramón Lobo, Enrique Meneses, Rosa María Calaf, Maite Carrasco, el premio Pulitzer Javier Bauluz o los leoneses Alfonso Rojo y Olga Rodríguez.
«Queríamos mostrar cómo se desarrolla el trabajo de los reporteros de guerra en diversas partes del mundo -explica Roberto Lozano, alma máter de la productora Cesna-, cómo es su vida cotidiana en medio de esas situaciones, pero sobre todo es una película sobre el ser humano y sobre los conflictos humanos, el mayor de los cuales es la guerra, el conflicto por excelencia». El argumento hará hincapié en cómo hay personas que, pese a tanta barbarie, «tratan de hacer valer los derechos humanos por encima de cualquier cosa», especifica Lozano.
«Desde Caín y Abel luchamos y nos matamos unos a otros, y nada indica que eso vaya a detenerse -reflexiona el cineasta-; por eso queremos invitar a pensar sobre las razones de los conflictos, preguntarnos ¿por qué el hombre es capaz de llegar hasta estos extremos?».
Y así, desde diciembre de 2008, Lozano y su equipo -necesariamente pequeño y multitarea , dadas las condiciones inusuales y extremas de los rodajes- han venido grabando entrevistas, situaciones y momentos para iniciar ahora un montaje que culminará con la presentación de la obra en el otoño de este año, como prevé el realizador. Pero, ¿cómo se desarrollaron, exactamente, estos rodajes? «Quisimos compartir con ellos su vida y su labor profesional diaria, intentando, claro está, molestarles lo menos posible, por eso hemos acabado haciendo muchas películas en una, muchas historias en una, con el hilo conductor de la desolación y la injusticia que recae, como siempre, sobre los indefensos», argumenta Roberto Lozano, quien quedó profundamente sorprendido, por ejemplo, con las salvajadas que se encontraron en el Congo, «uno de los conflictos más cruentos pero a la vez más olvidados del planeta. Allí, las mujeres se llevan la peor parte: son violadas durante años y después, cuando deciden que ya no les sirven, se les amputan brazos y piernas. Resulta inconcebible».
Peligro constante. Los momentos de tensión, como no podía ser de otra manera, abundaron. «En realidad esos momentos son todos, las 24 horas del día. En Afganistán, por ejemplo, con el triple estigma de ser a la vez periodista, extranjero e infiel, te conviertes en un constante objetivo potencial». O en Irak, donde los coches bombas reventaban «sin que supiéramos dónde iba a tocar el próximo». «La única seguridad -piensa- está en tu propia lógica, en saber hasta dónde puedes llegar, por eso últimamente han muerto tantos informadores». De hecho, este director cree que el periodista se ha convertido en un «arma de guerra», una pieza de caza ansiada por los combatientes ya que con su secuestro pueden obtener pingües beneficios.
Roberto Lozano (Valladolid, 1968) tiene días en los que cree que «no tenemos remedio como especie», aunque en otros es más optimista. «Los organismos internaciones podrían hacer mucho, pero todavía hay países de primera, segunda y tercera. La ONU sólo funciona si Estados Unidos quiere; los vetos de las grandes potencias le quitan la posibilidad de hacer cosas verdaderamente reales. África, por ejemplo, no pinta nada en la escena internacional».
Cultivador de un cine comprometido con la denuncia social, entre la decena de producciones de Lozano se cuentan Dibujos de luz , donde analiza los fracasos de los «objetivos del milenio» con las apariciones de Luis del Olmo o Alberto Sanjuán; Mensajeros del Sur , conducido por Pau Gasol, o Yelda, la noche más larga , premiado en el FICO argentino y que se adentra en el drama de los refugiados afganos.