El niño coqueto de Marialba
Uno de los esqueletos infantiles hallados junto a la basílica paleocristiana llevaba alrededor del cuello una delicada gargantilla con cuentas de vidrio y azabache
El collar, de casi mil años, una vez limpiado.
No son solo piedras. A seis kilómetros de la capital leonesa, los restos de uno de los templos cristianos más antiguos de Europa, el de Marialba de la Ribera, esconden -y revelan- testimonios sobre la vida cotidiana de las personas que vivieron allí. Una de las arqueólogas que participaron en la última gran excavación del yacimiento -la que llevó a cabo la Fundación del Patrimonio de Castilla y León-, Zoa Escudero, ha destacado, entre otros descubrimientos de interés, el inusual hallazgo de una serie de cuentas dispuestas alrededor de las vértebras cervicales de un individuo muy joven, probablemente niño o adolescente en el momento de su muerte.
Cuentas de azabache y vidrio que, una vez ensartadas de nuevo, han formado un delicado collar de aspecto casi moderno. «La pieza y el individuo son de época medieval, en realidad es raro encontrar objetos personales en tumbas de la Edad Media: la costumbre de enterrar a los difuntos junto a útiles que usó en vida, joyas o elementos decorativos se fue perdiendo o debilitando a lo largo de los siglos, y no sólo por razones económicas -en época visigoda y medieval la vida era más dura y difícil que bajo Roma, enterrar objetos suponía despedirse para siempre de ellos- sino también religiosas», explica Escudero. Así, al cristianismo «le costó siglos», como sugiere esta experta, eliminar creencias que se venían arrastrando desde hacía milenios, como el enterrarse junto a objetos personales, y poco a poco se impuso la concepción cristiana de la sobriedad, haciendo desaparecer cualquier ornato y, después, «vistiendo al difunto sólo con hábitos, a veces de órdenes mendicantes como la de los franciscanos», añade.
En lo que se refiere al collar ahora reconstruido, Zoa Escudero explica que es una pieza humilde, sin excesivo valor económico, y que este tipo de objetos suelen ir asociados, en esta época, «a enterramientos de niños, parece pues un elemento con un especial valor sentimental». La aparición de adornos «nos muestra la parte más humana, más antropológica, de este trabajo. Es un poco la memoria o el legado de las personas que vivieron aquí», reflexiona.
Y vivieron muchas. La última excavación de Marialba (la primera después de una serie de campañas llevadas a cabo por arqueólogos alemanes a finales de la década de los sesenta) tuvo lugar en el verano de 2009 y sacó a la luz los restos de casi 300 individuos, todos enterrados bajo la antigua basílica o en sus inmediaciones. «Es un lugar activo durante un periodo muy largo de tiempo, pues fue habitado ininterrumpidamente durante casi mil años, hasta el siglo XIII», dice Escudero, recordando que el último rastreo de la zona con el método del georradar desveló la existencia de un amplio espacio de asentamiento humano -de más de un kilómetro y con restos de grandes construcciones- ubicado al norte del templo.
Un estudio a largo plazo. Y es que el análisis de los muchos objetos obtenidos en la excavación se irá conociendo paulatinamente, así como el estudio de los huesos humanos, que ofrecerá una importante información sobre el modo de vida de las diversas generaciones de individuos enterrados junto a esta iglesia que en su día, tal y como informan desde la Fundación del Patrimonio, poseía un porte «monumental», y era visible desde gran distancia de una forma similar a como lo eran también las murallas romanas de León y Astorga.
«Aunque estamos acostumbrados por nuestro trabajo, la verdad es que hallar piezas como esta -incide Zoa Escudero en referencia al collar hallado, a otro similar, a cuentas dispersas y a otros objetos decorativos de metal, vidrio y cerámica extraídos-, nos devuelve la perspectiva: aquellas personas eran como nosotros».