Doble velocidad
El invento del maligno. Javier Martín-Domínguez
El desarrollo tecnológico nos ha convertido en amantes o esclavos del instante. La gloria es para la velocidad. En 1909, el ilusionado Filippo Tommaso Marinetti escribe en su Manifiesto Futurista que «el mundo se ha enriquecido con una nueva belleza, la de la velocidad. Un coche de carreras es más bello que la Victoria de Samotracia». Quizá fuese comprensible tal exaltación hace más de cien años cuando descubrieron que el motor iba más rápido que el caballo. Pero tal fetichismo no nos ha abandonado todavía, a pesar del reconocimiento de que nuestro alter-ego contemporáneo, el automóvil, contamina, depreda el espacio urbano y hasta nos enerva.
Con todo, la velocidad de coches y motos domina nuestras pantallas con las televisiones luchando por detentar sus derechos y mantener absorta a la audiencia. Fin de semana tras fin de semana los motores rugen y los espectadores calientan el asiento mientras vuelan por los circuitos. En un escenario claramente esquizofrénico, nada más acabar la retransmisión empiezan las noticias y repiten la letanía de la prudencia al volante, el límite de velocidad y los muertos que ya se ha tragado la carretera. Este juego macabro de la doble velocidad, parece insertarse en la prédica sobre el pecado. De tanto prohibir, parece que gusta el sexo.
Sucede lo mismo con la velocidad. Ora te aviso o te multo, ora te animo a ser el más rápido. El alocado Marinetti llegó a escribir en el manifiesto: «Queremos ensalzar al hombre que lleva al volante, cuya lanza atraviesa la tierra, lanzada también ella a la carrera, sobre el circuito de su órbita». No parece que estén los tiempos para tales exageraciones poéticas. El coche está en retroceso. Especialmente el 'coche oficial' claro objeto de deseo durante aquel franquismo en el que vestían banderín, y ahora blanco perfecto de crítica al despilfarro político. Menos coches y menos gastos en compra de derechos por las televisiones públicas de supuestas exhibiciones deportivas sobre ruedas. Ello nos llevaría a un presupuesto más racional y un país menos fuera de órbita.