Muñoz Molina coquetea con el género fantástico

Reúne en ‘Nada del otro mundo’ cuentos aderezados con guiños de misterio.

Antonio Muñoz Molina, con su nueva obra.

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antonio paniagua | madrid
León

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Con los cuentos, a Antonio Muñoz Molina le sale su vena más fantástica. Escritor de un acendrado realismo, el autor de Sefarad hace algunas incursiones en el género fantástico con Nada del otro mundo (Seix Barral), obra en que también exhibe su faceta «más gamberra», en referencia al humor que destilan los relatos de este volumen, en el que el académico reúne su narrativa breve: 13 cuentos y una nouvelle.

«Ni como lector ni como espectador me interesa lo fantástico, aunque sí me gusta en los relatos como atisbo o golpe. En un contexto naturalista, me complace introducir un quiebro de misterio», aduce Muñoz Molina, quien asegura que como prosista posee «una ambición narrativa limitada», lo que le obliga a escribir sobre los asuntos que no se retrotraigan más allá del siglo XX. «Siempre me apetece escribir sobre mi época. Tengo sed de contemporaneidad», arguye. La brevedad le ayuda a Muñoz Molina a escribir sobre ahora mismo. Ahora tiene entre manos un cuento que estaba pensado que se integrara en la compilación de cuentos pero, a fuerza de crecer, se ha convertido en una promesa de novela corta. A juicio del autor de Beatus ille , la forma no depende de uno, sino que se revela como un poema. Para el creador de El jinete polaco , el cuento tiene algo de artefacto, un engranaje que funciona con la «chispa de la revelación». «Es como la maqueta de un edificio racionalista. Se ve todo el proceso de la construcción narrativa, pero de una manera sintética».

Economía expresiva. Los cuentos de Nada del otro mundo abarcan desde 1983 hasta una novela corta escrita este verano ex profeso para el libro. Por eso, en algunos de los relatos el escritor no se reconoce, pero salvo fallos evidentes, es partidario de no retocar demasiado los textos, consciente de que «no se puede corregir el pasado». El primer cuento del libro, El hombre sombra , lo escribió en Granada, cuando era funcionario municipal y se presentaba a toda clase de concursos literarios, si bien la fortuna no le fue propicia.

En el último relato, El miedo de los niños , afloran recuerdos de la infancia y surgió en su mente casi como un sueño en un noche de insomnio, un alumbramiento en el que no intervino demasiado su voluntad. Entre sus cuentos preferidos figuran Un día perfecto para el pez plátano , de J. D. Salinger; Casa tomada , de Julio Cortázar; No oyes ladrar a los perros , de Juan Rulfo; El nadador , de John Cheever, y, en general, los relatos de Alice Munro. Cada vez está más convencido Muñoz Molina de que el secreto de un buen cuento es la economía expresiva, el saber decir más con menos. «En cada cuento está cuajada o cristalizada una experiencia que ha sido impactante para mí», dice Molina, quien afronta la escritura de un relato de una forma más «tranquila y desahogada». A lo largo de la lectura del libro se desprenden unos retratos sociológicos de unos años ya lejanos, en los que se fumaba en los autobuses y se escuchaban ‘cassettes’. El escritor lamenta que los periódicos y revistas publiquen cada vez menos cuentos y sean, como dijo, poco «hospitalarios» con el género.

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