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yolanda veiga
León

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Este año vamos con una cosa seria a Eurovisión. Menos mal, porque descartado el voto de Sarkozy, que ha convertido a España en el ‘coco’ de Europa, solo faltaba hacer el ridículo sin red. Nos representa una artista grande, Pastora Soler, con una canción pequeña, Quédate conmigo, una balada que parece siempre la misma. Dicen algunos entendidos que si la escuchas varias veces te va gustando más, pero el argumento se cae de culo: los espectadores, que son los que votan, solo la van a oír una vez.

Afortunadamente, llevamos a José María Íñigo de segunda voz. Y, hasta ahora, es lo más destacado de una cita eurovisiva discreta. Porque salvo a los cuatro fans, al resto le da más o menos igual que España quede en el puesto cinco o en el veinticinco —y al que no le da igual es que prefiere que quede el veinticinco, que así de malintencionados somos—.

El certamen de Eurovisión es desde hace años una mezcla de show anticuado y laboratorio de frikis, al que ya aportamos un especimen nacional para su estudio: el Chikilicuatre. Pero que vaya Íñigo de comentarista parece que le da cierto caché al asunto. Sabe mucho de música y no se casa con nadie. Dos condiciones que no están especialmente valoradas en Eurovisión.

Íñigo es un borde, dirán ustedes. «Yo no voy pagado por nadie», puntualiza él. Lo advirtió el año pasado, cuando tomó el relevo a Uribarri, y ya en el estreno prometió «caña».

No se cortó un pelo en criticar que no nos atrevamos a cantar en inglés como cualquiera de nuestros vecinos, porque «si escuchásemos una canción en croata o en griego nos sonaría a rayos, ¿no?». No le han hecho caso con lo del inglés, pero le han vuelto a llamar, así que las críticas no debieron escocer tanto. Y solo por verle repartir estopa merece la pena asomarse al concurso eurovisivo del 26 de mayo en Azerbaiyán.

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Descartada la posibilidad de ganar salvo milagro, por lo menos que nos dejen despacharnos a gusto. Total, nos quedan ya muy pocos amigos en Eurovisión.