Diario de León

María Dueñas: «A los lectores hay que seducirles»

La escritora rinde un homenaje a los intelectuales del exilio en ‘Misión olvido’.

María Dueñas vuelve con ‘Misión olvido’.

María Dueñas vuelve con ‘Misión olvido’.

Publicado por
MIGUEL LORENCI | MaDRID
León

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Misión olvido es una apasionante novela cargada de memoria. María Dueñas (Puertollano, 1964) vuelve con ella a la arena editorial tras haber colocado un millón de copias en 30 idiomas de El tiempo entre costuras. Fiel al sello Temas de Hoy la escritora está dispuesta asumir «el batacazo» que supondría no repetir cifras. Un golpe que no llegará.

Blanca Perea, la protagonista, bordea el abismo cuando arranca la novela. Su matrimonio se ha hecho añicos de repente y necesita huir. A lo largo de 512 páginas veremos cómo esta profesora universitaria, filóloga y madre en la cuarentena, conjura la catástrofe.

—En la próxima hora se venderán casi 300 copias de ‘Misión olvido’ ¿siete vértigo, pavor, responsabilidad?

—Una enorme satisfacción, pero antes que por mí, por los libreros, los editores y espero que para los lectores.

—Puso el listón altísimo. Si no repite cifras millonarias ¿asumirá el batacazo?

—Estoy preparada para cualquier escenario, pero confío en que guste y seduzca a los lectores. En este negocio no hay más truco. Los lectores tienen la llave. Abren y cierra la puerta del éxito y rara vez se equivocan. Si no hay cifras millonarias no me hundiré.

—¿No fue paralizante el éxito de su primera novela?

—No. Quizá porque el embrión de la segunda es anterior a El tiempo entre costuras, que se cruzó como un tsunami y me hizo aparcarla. Ahora ha ganado esta, que me cautivaba, y se ha impuesto a una posible segunda parte de la historia de Sira Quiroga, que no descarto en un futuro lejano.

—Blanca es profesora y madre, como usted, y con experiencia académica en Estados Unidos ¿Más coincidencias?

—Ambas tenemos dos hijos, la misma edad y profesión. El perfil es similar, pero sólo en apariencia. No soy Blanca. Es un personaje muy ficticio.

—Como Sira la modistilla, Blanca está al borde del abismo ¿En qué difieren sus historias?

—Las dos afrontan un desengaño amoroso, un golpe muy duro que les pone en movimiento. Pero toman caminos distintos. Sira se deja llevar por la corriente de la vida y los acontecimientos. Es joven, ingenua e inocente: está a merced de los demás. Blanca es una mujer arrojada, solvente, profesional. Sabe lo que hace y hace lo que quiere. Toma decisiones.

—Sus editores venden la novela como un canto al optimismo, pero hay desarraigo, desamor, dolor.

—Es un canto al optimismo lúcido, sensato y sosegado. Es positiva, con un posibilismo in crescendo . De una situación oscura y deprimente llega a otra luminosa. Blanca se cree a salvo, pero su matrimonio se hace añicos y se desploman los puntales de su vida. Por muchos golpes que nos de la vida, que es una montaña rusa que nos vapulea, siempre habrá un resquicio para ver la luz.

—¿Es esa la moraleja de la novela, si es que la tiene? ¿Siempre es posible reinventarse?

—Siempre. No se me pasa por la cabeza escribir con moraleja, pero es cierto que todos podemos remontar las caídas. También en tiempos tan duros como los que atravesamos. La tozuda realidad, la vida, abofetea y maltrata personas, grupos ciudades, países e imperios. Esta novela es un trozo de vida.

—¿Y un homenaje a los intelectuales del exilio ¿Hemos saldado la deuda con ellos?

—Sí. La democracia recuperó su memoria. Pero en la narrativa no tienen demasiada presencia.

—Convierte en personajes a Américo Castro, a Luis Cernuda o Pedro Salinas. Pero sobre todo a Ramón J. Sender.

—Es para mí el más cercano. Es una figura fascinante que perfilé leyendo su correspondencia con Carmen Laforet. Sufrió lo indecible pero jamás pasó facturas. En las cartas se revela viejo, solo, falto de cariño y vulnerable. Pero no es acre ni rencoroso con la historia. En el personaje de Andrés Fontana, el hispanista cuyo legado rescatará Blanca, volqué mi admiración y mi respeto hacia ese Sender conciliador y de vuelta de todo.

—El título es un juego de palabras con el olvido pero la novela encierra mucha memoria.

—Una misión franciscana olvidada en California es el motor de la historia y fue el clic que disparó en mí la novela ante otra misión en Sonoma. Juego también con el olvido deliberado de Blanca, con el olvido selectivo de otros personajes, como Daniel Carter, el alumno de Fontana, y con sus recuerdos de viaja a la España de los cincuenta que también recrea la novela.

—¿Cuál es el denominador común del trío protagonista que acaba de citar?

—Los tres han sufrido. Saben que pueden remontar las peores situaciones. Son muy diferentes, pero vértices de un triángulo, aunque sus vidas transcurran en distintas etapas.

—Ente ellas esa España gris, autócrata y paleta de los 50.

—Quería recrear esa España oscura, de boina y picadura, a la que llegan los americanos y el Plan Marshall. Narrar el choque entre la España casposa y reprimida y el resquicio de modernidad que supusieron cierta apertura y el turismo.

—¿Algún editor osado ha abanicado un tentador talonario para ficharla?

—No. Y estoy encanada con Temas de Hoy. Nos entendemos a las mil maravillas. No estoy triste, como Ronaldo en el Madrid. Estamos bajo el paraguas de Planeta y la caldera va a toda máquina

—Ha puesto una pica en Estados Unidos...

—¿Quién lo podía soñar?. Vengo de Estados Unidos y en China se han vendo 100.000 ejemplares.

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