«Esta sociedad aprecia cada vez más tener un huerto que un gran coche»

Fernando García Dory ha intervenido en proyectos agroecológicos en Madrid (‘Bajo el asfalto está la huerta’), en Ecuador, en India...
En Documental 13 de Kassel, Fernando García Dory presentó Dream Farms , una publicación que condensaba la documentación de su proyecto Una Escuela de Pastores como Microrreino de Utopía , desarrollado en la comarca de Picos de Europa, especialmente en su parte asturiana, desde el año 2004. Pero además, coordinó la acción Una Asamblea Europea de Pastores , reuniendo a líderes de organizaciones ganaderas de Europa que ensayan otro modelo de desarrollo e identidad para el Viejo Continente, encaminado hacia la descentralización y la sostenibilidad.
Ahonda García Dory en esa iniciativa y recuerda que, «pese a las barreras de lenguaje o situación geográfica», aquellos pastores se enfrentaban «a unos mismos problemas» y también compartían soluciones. «Por ejemplo, precios injustos o cuando se impone desde Bruselas la vacunación obligatoria o la identificación con un chip electrónico de cada animal». «Sin embargo, no quise que la acción de Documenta fuese una reunión de las que tenemos habitualmente en la organización ni tampoco una mera ocasión para que el mundo del arte empatizara con estas cuestiones. —avisa—. Se trataba de sugerir una ficción, una historia alternativa en la que los pastores se reúnen en el futuro recordando y analizando las movilizaciones que en nuestro presente habrían de catalizar un cambio social masivo de la sociedad europea en su conjunto. Suscitar un estado de encanto y desencanto a la vez, y reconsiderar el papel cultural de este grupo social».
Ante la pregunta de cómo surgió su peculiar Escuela de Pastores, responde este creador y activista que la idea nació en el año 2004, «dos años después de publicarse un manifiesto de los pastores en el que ya apuntaban a esa necesidad. Es difícil para mí resumir o evaluar este proyecto, que este año ha desarrollado su sexto curso. Desde un pricipio quería operar en el terreno simbólico de, por un lado, hacer visible y cambiar la noción del pastor hacia la de un maestro necesario e importante. En ese sentido creo que a través del proyecto y la atención mediática que ha recibido, se avanza un mayor reconocimiento». «Por otro —continúa—ofreciendo a todas las personas con interés e ilusión por aprender y ejercer el oficio la posibilidad de conocer de primera mano en qué consiste. También de acceder a medios de producción en el puerto en forma de cesión o gestión comun, algo único en todo el país. Pero para que ese aspirante realmente dé el paso no sólo hace falta convicción y vocación, sino otros muchos factores que no siempre están al alcance de la mano. De ahí la distancia y cercanía con la utopía que ha sido en el género pastoral esa noción de arcadia. Los pastores que participan de la Escuela animan a seguir aunque, de todos los alumnos que han pasado, aunque muchos siguen en el sector o han empezado sus explotaciones, sólo uno hizo de Picos su casa».
Por desgracia, el proyecto adolece actualmente de falta de fondos: «La verdad es que es una decepción y una desilusión ver que no se apuesta con mucha más decisión por el medio rural, por la ganadería extensiva y por proyectos que busquen formas innovadoras de garantizar su adaptación y continuidad. Muchas especies de animales tienen mucho más presupuesto y apoyos que el pastor. Y luego se dan cuenta que, sin pastores, ese ecosistema no se sostiene. En vez de gastar el dinero en obras faraónicas, podríamos reutilizar lo que tenemos...».
Conciencia creciente
Convencido de la necesidad de un cambio social, argumenta Fernando García Dory que, ahora mismo, «estamos viendo cómo en las sociedades desarrolladas se aprecia más tener un huerto o hacer el pan en casa, ir en bicicleta o tener tiempo a no parar de trabajar para comprar un gran coche en el que pasarnos un par de horas de atasco al día. El día en que esta conciencia se desarrolle, acompañada del fin del petróleo, nuestros descendientes mirarán alrededor y recordarán las decisiones que tomamos. Cada vez que se pierde una semilla, se extingue una especie o se abandona un pueblo, más difícil hacemos la transición hacia la sostenibilidad. Ese bucle que se cierra sobre sí mismo lo podemos ver ahora en los bloques de edificios sin acabar que se comían la periferia y entre los cuales se cultivan huertas. Las consideraciones de ruina del pasado o apuesta de futuro se invierten. Hace ya 30 años Miguel Delibes, en su discurso de ingreso en la Academia, dijo: «Hemos matado la cultura campesina pero no la hemos sustituido por nada, al menos, por nada noble».