Venancio Iglesias. escritor y catedrático de literatura

«Muchos parecen vivir para el culo y sus alrededores»

‘Sombras en el Camino’ es una ruta a ninguna parte, un viaje con más preguntas que respuestas y, en todo caso, un itinerario interior, plagado de personajes fruto de la fabulación de Venancio Iglesias, que hoy presenta su libro en el Edificio Fierro.

El profesor y escritor leonés Venancio Iglesias.

León

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—¿Por qué un libro del Camino?

—Supongo que todos los libros tienen como tema el camino. Al fin y al cabo Europa, como dice Steiner, se hizo a base de caminos, desde los romanos. Si todo libro trata del camino, aquí el camino está explícitamente tratado como tal. Quizá, no sólo España sino Europa tenga que recobrar el sentido de la senda.

—Dice el autor del prólogo que es una ‘guía de perplejos’...

—El autor del prólogo es persona autorizadísima para este libro, porque fue alumno mío y es un excelente filósofo y poeta. Juntos aprendimos lo que llamaría yo la mirada perpleja sobre la vida y la existencia. Si uno se encuentra constantemente en encrucijadas, el interrogante aparece como arruga en la frente. ¿Por dónde ir? La elección es otro cantar porque, elijamos lo que elijamos, daremos siempre con sendas perdidas.

—¿Cuáles son las sombras del Camino?

—Si echamos una mirada a la vida, hoy, ahora, será raro el optimismo porque parece que el panorama está lleno de sombras. Siempre fue así. En todos los relatos hay un desvelamiento de sombras y un encuentro con la luz. En el último relato que da nombre al libro, diez ciegos van camino de Santiago con un guía. ¿Encontrarán la luz de los ojos, la luz del alma, la sa-lud? El final del camino abre todas las incógnitas para el individuo, pero no da ninguna respuesta.

—En el libro hay palabras como achusmó, abondo, sebe, capilote... ¿cree que el leonés es más sonoro?

—No, no es más sonoro, pero es el que llevamos muchas veces entrañado. La sonoridad viene del timbre de voz de la madre. Las palabras que escuchamos en el hogar tienen ese calor y ese color hermoso.

— ¿Existió el ciego grandón y jorobado que canta coplillas con mucha ‘prosopopolla’?

—No. El romance de ciego tiene vieja tradición. Por los pueblos venían en mi infancia con un guitarrón y cantaban unos romances truculentos de crímenes horrendos. El Clodulfo por ejemplo… No siempre eran ciegos, porque tuvieron competidores en mutilados de guerra o de la mina. El de Crisanto es invención mía y la apostilla final es homenaje a Valle Inclán.

—¿En León sólo hay veterinarios, sorches, putas y canónigos de teja y manteo?

—Tiene gracia, pero carece de verdad. Era un cierto tópico de hace muchos años, mentiroso como todos los tópicos. Porque debajo del ceño fruncido por el frío, tan frecuente en nuestras calles, hay corazones de rara ternura y de pasión emocionante.

—Nueve relatos integran el libro, ¿el número es casual?

—El número no es casual porque, aunque no quería llegar al decálogo por respeto al número, podría haberlo sobrepasado. Claro que luego era el once muy gastado y lotero por el fútbol y la Once; y luego está el doce apostólico. Cifra y número somos. Pero el diez… Mejor el nueve, porque a partir del doce… el trece no; y después todo libro se hace pesado.

—En ‘El agua sombría’ se cuela la Guerra Civil con un ‘personaje’ maravilloso que es una yegua ‘sabia’...

—La imagen de la yegua me pareció muy sugestiva. Si rememora Missing , recordará esa imagen del caballo desbocado que Costa-Gavras coloca entre las primeras de la película. La yegua de este libro es libertad en peligro y entre dos fuegos. Es el símbolo-imagen conductor de la trama.

—¿Una ciudad por cuyo centro pasa el río es una ciudad filosófica?

—Necesariamente. Nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar es pura filosofía existencial de Jorge Manrique. Más de una vez he visto ancianos sobre el pretil del puente o la pasarela mirando el agua y, sin duda, con la atracción del agua. ¿Puro pensamiento que fluye, pura emoción de pasar?… Una ciudad con un río en medio es una ciudad filosófica y artística. Una ciudad sin río está condenada.

—El mundo se acaba mañana y en su libro hay sucesos apocalípticos...

—Sí. Por cierto, tenía que cambiar el testamento y cortarme el pelo. Uno no puede acabar sin la mínima decencia. Pido a todos perdón por recordarles ese «evento». El fin está cerca. Desgraciados, confesad que habéis vivido por encima de vuestras posibilidades. ¡Tiene gracia!

—¿Dios da ojos a quien ve por ellos como por el culo?

—En esa frase falta la palabra «también», como corresponde a la equidad que se supone en el Creador. Muchos parecen vivir para el culo y sus alrededores y, si nuestra cultura es óptica, la visita más frecuente en caso de enfermedad sería al oftalmólogo. Pero todos presumimos de buena vista, como de buen sentido común.

—¿Cuál de las dos orillas de la literatura prefiere: enseñar o escribir?

—Las dos son tan hermosas… he gozado tanto en ambas… No hay entre ellas, tanta distancia. Enseñar ha sido para mí hacer literatura de la Literatura. No se puede enseñar lo que no se ha vivido hondamente. Es preciso saber mucho y haber gozado la literatura desde el interior, para enseñar algo.

—¿Ve usted algún camino a este mundo que se desploma?

—Si aclarásemos la palabra «mundo» pudiera encontrar alguna respuesta. De todos modos hay una yegua que galopa y unos ciegos que esperan y una niña Pajarín que, aunque confunde reyes godos con ríos, busca la manera de aprender a volar. Guía de perplejos, este librito, no se propone nada más y nada menos, que los lectores traten de replantearse los problemas.

Lugar: Sala Región. Edificio Fierro.

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Hora: 20.00.