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León

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Opinión | rafael saravia

En la dictadura del tiempo, los poetas insurgentes vienen y se van sin avisar, como insultando al tedio y la norma. Tenemos la fortuna de haber disfrutado del pie ágil de Ledo Ivo por las calles de León. Gracias a su amistad con Pereira cumplió su agrado de respirar el frio de aquí. Lo vimos pasear por la calle Ancha, comprarse un sombrero donde escondió toda la elegancia de la intemperie. Brindó con mencía la sonrisa del sabio a los leoneses y, recibiendo el Premio Leteo, se alejó para siempre del olvido.

Hacemos caso a Juan Carlos Mestre, nos damos cuenta de que los recuerdos hermosos son fugaces como las ardillas. Pero hoy no. Se nos antoja inolvidable el maestro Ivo. Perdurable después de su marcha resistente en cada verso que nos deja prendido en la conciencia. Ledo Ivo no se ha ido. Seguirá siendo una escuela llena de pinzones. Seguirá alimentándonos como el hombre sin límites, como el poeta sin tregua. Así era él: «Como el esplendor del teatro cuando las luces se encienden/ mi vida entera se estremece a la caída de la noche/ y oigo en la oscuridad el canto de todo lo que parte». Hoy guardo un poema de silencio por Ledo Ivo y espero a que llamen al sastre de las mariposas.

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