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León

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Crítica de televisión yolanda veiga

Más que una casa con piscina y jacuzzi deberían plantearse construir un modesto albergue con literas. Casi 60.000 personas se han apuntado este año al cásting de Gran Hermano , que en unos días aterriza con la edición 14 (tenemos el récord). Entrarán 15 ó 20 y tres lo harán directamente con unas tarjetas solidarias que la gente están comprando a mansalva por tres euros y cuyos beneficios se destinan a la Cruz Roja.

El año pasado ya hicieron un experimento solidario y un concursante, Aris, pagó casi 70.000 euros (que también fueron a Cruz Roja) por ganarse el derecho a entrar en la casa cotilla de la tele. Un derecho que, para empezar, no debería comprarse y que a muchos se les ha vuelto en contra como una condena.

El tal Aris duró dentro una semana, a 1.000 euros la noche (menos mal que van con pensión completa). Y entre tanta movida no tuvo tiempo ni de usar la piscina esa de los sillones flotantes. El buen samaritano mutó en cuestión de días y acabó convertido en un desterrado, por los de dentro y por los de fuera. A ver quién le devuelve ahora, no solo los 70.000 euros, sino todo lo que se dejó por el camino.

No ha sido el único concursante que ha salido trasquilado, porque Ana Toro, aquella alegre chica de las trenzas y las medias por la rodilla lloraba el otro días sus penas en Sálvame . Contaba que la gente de Gran Hermano lo tiene complicado para encontrar trabajo. Ellos, y todos, pero parece que ellos más porque Guadalix les ha marcado irremediablemente (algunos venían ya ‘marcados’ de fuera). Kiko es el único que se ha mantenido, pero pagando peaje.

Y aún así hay 60.000 tíos y tías que están dispuestos a correr el riesgo por un premio que exige, a menudo, un esfuerzo de broncas y ‘edredonings’ que sale caro. Da igual que algunos entren con el donativo a la Cruz Roja, eso no les hace mejores que a los demás.

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Que se lo pregunten si no a Aris...