Juan A. Belmonte escritor
«Somos una generación sumida en el estupor, todo se ha ido al garete»
Autor de una original y premiada obra literaria, que va del género negro a lo surreal, su nombre y primer apellido (Aparicio), desvelan su condición de hijo del último leonés premio de las Letras de Castilla y León. Esta semana estrena su sexta novela: ‘Un amigo en la ciudad’.
El escritor de origen leonés Juan Aparicio Belmonte.
—¿Qué debemos esperar de un libro que empieza con un sueño del protagonista sobre su propia muerte?
—Cualquier cosa a partir de ahí. Él incluso dice que no es un sueño sino una premonición. Ésta es una novela donde el tiempo y la realidad se confunden y el protagonista va perdiendo contacto con la realidad y mezclando pasado, presente y futuro de su propia biografía.
—Esa certeza de la muerte, ¿debemos tenerla presente para vivir con más intensidad?
—Todos somos conscientes de que existe la muerte, pero algunas personas parecen darse cuenta más tarde. Mi protagonista es un hombre que se replantea todo a partir de la conciencia de la propia finitud y también por un momento de su vida en que todo se transforma y se percibe de otra forma.
—¿Qué importancia tienen los amigos en nuestra vida?
—Sin amigos estás solo, más allá de la compañía de la familia. El personaje busca que le comprendan y emprende una búsqueda en la que no encuentra los amigos que cree necesitar.
—Andrés, su protagonista, fue gótico en la adolescencia y ahora está casado y tiene una hija. ¿Los años nos domestican o sólo nos cambian?
—No sé si nos domestican, la verdad. A mí los años me han vuelto más radical, me ha pasado al contrario que a la mayoría de la gente, supongo. Esta novela está escrita en los momentos previos a la crisis, cuando parecía que estábamos al borde de un abismo pero no sabíamos de qué abismo se trataba. Ahora la serenidad se ha vuelto imposible y por eso creo que hay un cierto regreso a la radicalidad de la adolescencia porque se tiene que empezar de nuevo, pero con menos opciones.
—Ya no hay nada seguro.
—No. Somos una generación sumida en el estupor, todo se ha ido al garete. En el momento en el que parecía que la vida se iba a estabilizar, ocurre todo lo contrario y entonces ya no se produce ese apaciguamiento del ánimo. Ahora podemos optar por la resignación o por la indignación, que de todas formas no sabemos muy bien cómo dirigir y qué podemos conseguir con ella.
—La infelicidad y la angustia son otros de los temas del libro. ¿Tenemos psiquiatras y ansiolíticos pero nos faltan ilusiones?
—Los ansiolíticos son paliativos, no curan. Cuando alguien enferma, por ejemplo porque está pasando por una difícil situación socieconómica y cae en la depresión o en otro tipo de problema psicológico, a ese enfermo no se le puede curar sólo con medicinas. Hay que hacer que tenga una vida mejor o un trabajo mejor y eso es complicado. El dolor sigue ahí, no sólo es físico, sino moral o espiritual.
—¿Por qué cuando alguien se siente perdido en este primer mundo sólo se le ocurre ir al tercero, a la India, como decide su protagonista?
—Frente a lo que pasa en el tercer mundo, en el primero nos quejamos de vicio. Supongo que allí nos damos cuenta de que vivimos mucho mejor; pero a la vez vamos buscando esa vitalidad de las personas que viven allí, que toman la vida como pueden porque conviene vivir al día. Así te empapas de esa vitalidad y al mismo tiempo no tienes las consecuencias negativas. Recibes el mensaje de que con menos se puede vivir bien, pero a la vez no sufres porque te vuelves a casa. Siempre llevas el billete de vuelta en el bolsillo.
—Dice en la novela «la felicidad es difícil de hallar, pero la infelicidad está siempre al acecho».
—La felicidad es conseguir las cosas que uno prevé, que esperas en tu futuro. Que los planes se cumplan. La infelicidad es lo que va rompiendo esto y eso pasa muy a menudo. Ni encerrado en un cuarto en tu casa puedes vivir al margen de la realidad. La vida tiene una cosa rara: la búsqueda. La inseguridad genera angustia, pero a veces con la seguridad hay mayor riesgo de infelicidad.
—La novela retrata las relaciones de pareja, ¿por qué son tan complicadas?
—Porque son dos personas, cada uno con sus cosas, y tienen que convivir. Y después vienen los hijos y hay que organizar una casa. Se hace todo más intenso y también más complejo y en el choque de dos personalidades siempre va a haber conflicto. La pareja no es la misma a los veinte años que a los cuarenta o a los sesenta. Hay cambios físicos y envejecimiento y se modifica el estado en el que se conoció al otro.
—La paternidad y sus dificultades también aparecen, pero uno de los personajes dice que los hijos le proporcionan una «alegría metafísica». ¿Nos lo puede explicar?
—Si nos visitara un extraterreste para analizarnos estoy seguro de que concluiría: a los humanos no les conviene tener hijos. Sin duda los inconvenientes son más que las ventajas, pero ese es el análisis frío, olvidando la emoción que proporcionan. Con los hijos se produce una especie de enamoramiento, una sensación de realización. Es tener a alguien ahí que te llena de ilusión, pero también puede empujarte al abismo de la infelicidad, porque tenemos miedo de lo que les pueda ocurrir. Pero habrá personas a las que no les dé ni alegría metafísica ni física.
—Sus novelas siempre tienen un aire surreal. ¿Es precisamente la mejor forma de entender la realidad?
—Es como una pulsión íntima, no está planificado ni nada. Se trata de una forma imaginativa de estar en el mundo y yo me dejo llevar.
—También ha escrito género negro. En estos tiempos de corrupción, ¿necesitamos algo más que lo que viene en los periódicos?
—Soy un convencido de que las novelas ayudan a comprender el tiempo en el que vivimos y son un medio magnífico para dar sentido a la confusión. Muchas cosas se explican mejor con la ficción.
—Naciste en Londres, pero León está en tu genética. ¿Qué llega de esta tierra a tus libros?
—Le tengo mucho cariño a León y también a Asturias y supongo que esa influencia está, aunque siempre intento que las influencias sean inconscientes. León me ha dejado un poso por mi familia y el tiempo que he estado ahí. Es una tierra muy literaria, que asombra por la cantidad de gente que escribe y creo que tiene más personalidad de lo que los propios leoneses creen.