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León

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Opinión | Yolanda Veiga

Izar necesitaba «una experiencia ‘heavy’» para quitarse de encima «tonterías y fantasmas» y se apuntó a ‘Desafío en el abismo’. De momento, el programa de aventuras de Cuatro no ha cumplido su labor terapeútica con la chica, que amenaza con monopolizar el concurso con sus desconcertantes lloros. Izar se emociona hasta lo incomprensible cuando conoce a Jesús Calleja y se deshace en lágrimas cuando Pablo le da calabazas. Sin poner en duda el valor de la tropa, no les hemos visto más que llorar. ‘Tienes que meter la cabeza en el agua y respirar por la boca con este chisme’. Y ya está montado el drama. Los concursantes, especialmente ellas, hacen pucheros porque no aguantan la presión (¿qué presión?), aunque luego no sea para tanto lo de meter la cabeza en el agua. Si fuese para tanto no se habrían llevado a diez personas «sin preparación» al «inframundo», que es lo que reza el llamativo eslogan del programa.

Y si es verdad que el concurso es ‘heavy’ y los concursantes no saben dónde se meten, entonces es que son unos irresponsables. Unos y otros. Hasta ahora, lo más reseñable de Desafío en el abismo es que Carmen ha probado a ponerse un tampax con resultado satisfactorio, lo que se celebra con algarabía dentro de la tienda de campaña donde las chicas hacen pilates por la mañana. Más logros: Raquel ha conseguido perder algo de peso y Fran va camino de convertise en alguien importante en su pueblo, que por eso se apuntó al concurso de Cuatro. Bueno, por eso y para ver si podía «salir en la Wikipedia». También les propusieron una claustrofóbica prueba de buceo.

Pero esas cosas son secundarias en el relato. Desafío en el abismo es, de momento, un Gran Hermano en plena naturaleza. Y como el casting parece que les ha salido mejor que con los inquilinos de Guadalix, en el primer programa no echaron a ninguno. Algunos esperaban que se fuera Izar, pero sería de idiotas cargarse al prota en el primer capítulo.

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