MINORÍAS ABSOLUTAS
Rememorando Haymarket
Tal día como hoy, un uno de mayo de 1886, el pueblo obrero, los ciudadanos trabajadores, se levantaron en huelga por un derecho fundamental que cambió el rumbo de los derechos sociales.
En Estados Unidos, ante la prolífica y bastante común jornada de 14-18 horas, los trabajadores en masa se levantaron para defender que el ser humano es algo más que sacrificio y trabajo.
Ese 1 de mayo, más de 200.000 trabajadores fueron a una huelga que acabó haciendo mártires a varios trabajadores en la ciudad de Chicago, después de que la policía acabase cargando y disparando contra los manifestantes. Gracias a esos manifestantes, y a los pocos medios de comunicación que entendieron el derecho fundamental a una vida más allá del trabajo (como fue el caso del periodista Arbeiter Zeitung, quien murió en la horca por difundir 25.000 octavillas de un manifiesto en el que se movilizaba al pueblo por la masacre vivida en Chicago), gracias a esas llamadas del pueblo a favor de una vida más digna, en 1889 el Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional, celebrado en París, decidió dedicar el 1 de mayo como fiesta internacional de los trabajadores, convirtiéndolo en una jornada de lucha reivindicativa y de homenaje a los Mártires de Chicago.
El Crimen de Chicago y la revuelta de Haymarket se apropió de la vida de muchos obreros y dirigentes sindicales; nunca se dio un número exacto, pero fueron muchos miles los inculpados, despedidos, procesados, torturados o disparados. La mayoría eran inmigrantes.
La dignidad del ser humano está por encima de los excelsos brillos que el capital quiere vendernos. Por ello, compadezco a aquellos que asumen la acumulación de poder y riquezas materiales en detrimento de otros valores. Éllos llegarán a sufrir esa frase de Cristina Onasis cuando dijo: «Soy tan pobre que sólo tengo dinero».
Hoy volvemos a estar expectantes ante la reacción gubernamental. Esa jornada laboral de 8 horas que se conquistó hace más de un siglo se tambalea. Se prefiere al proletario trabajando sin quejarse y sin formarse, aplaudiendo como un esclavo la posibilidad de trabajar (ante un paro abrasador que no hace más que aumentar). Se prefiere al operario con miedo para que acate y no piense. Un trabajador sin derechos. Un trabajador que asuma que la sanidad es un privilegio, la educación también, y el derecho a un retiro digno después de décadas de trabajo... también.
Hoy se prefiere, como recientemente ha dicho el investigador berciano Ángel Alonso, galardonado como Leonés del Año, «regalar» a otros países el fruto de una educación de primera; nuestros jóvenes mejor formados, para conservar el patetismo e hipotecar un futuro esperanzador.
Tal vez hoy, 1 de mayo, sea conveniente recordar que, como en Chicago hace ya más de siglo y medio, la voz y la contundencia del pueblo trabajador puede conseguir que la dignidad laboral, sea un derecho incuestionable, gobierne quien gobierne.