Kiko
Crítica de televisión josé maría cillero
Telecinco echó el cierre el sábado a Las bodas de Sálvame sin que haya anunciado, ni tal vez decidido, si el templo del amor volverá a abrir sus puertas en la primavera de 2014. Y es que las cifras se han quedado en ese medio tempo que no da ni para fulminarlo sin esperar a la tercera semana ni para despedirse con la renovación garantizada. Mientras terminan de barrer los pétalos del plató, Mediaset valora si esta extensión de la franquicia ‘Sálvame’ da para más; aunque sin agobios, tiene un año para resolverlo. Si finalmente se decide a reeditarlo, la cadena de Fuencarral tendrá que llevar a cabo algunos ajustes que perfeccionen el producto, con el que querían superar su trauma de cuota de pantalla en la sobremesa sabatina, un programa del gusto del espectador que —intuyen— se sienta a esa hora frente a la tele, a veces incluso para verla. Pero por mucho que quieran, lo fundamental no va a cambiar: Casarse en Las bodas de Sálvame y hacerlo en una capilla de Las Vegas es igual de hortera, si bien en aquellas en vez de videocámara casera hay todo un equipo de realización y no oficia un reteñido y simpático Elvis.
En su lugar han puesto a un tertuliano que salió de GH y que ha celebrado su salto a presentador tragándose el palo de una escoba. Qué tiesecito se mueve por el set Kiko Hernández. O el smoking es alquilado o se ha pasado en lo de dar a las ceremonias pompa y circunstancia. No ayuda su afán de aspirante a copia exacta de Jorge Javier Vázquez.
Qué bobadas, no cuela. Kiko está donde está por su mala uva, por su facilidad para que gente anónima le cuente cosillas —o diga él que le cuenta— que le vienen bien para ser implacable con sus víctimas. Verle repartiendo frases cariñosas o describiendo el amor que se profesan los contrayentes o lo que le hubiera gustado estar allí a esa abuela que dejó este mundo resulta muy poco creíble, casi tan poco como que los que decidieron darse el sí en el programa lo habían pensado antes.