Veranos
Opinión | josé maría cillero
El verano en televisión es tiempo perdido para el espectador y banco de pruebas para los programadores, que aprovechan los calores y el descenso de audiencias para testar nuevos productos. Así, en julio del 2002 llegó para quedarse ‘CSI’ de la mano de Telecinco. Así también, Mediaset estrenó el año pasado el concurso callejero Lo sabe, no lo sabe , cuyo éxito —del que en gran medida es responsable su presentador, Juanra Bonet— ha llevado a Cuatro a mantenerlo desde entonces en su parrilla.
Este año, Telecinco aprovecha la canícula para probar un nuevo reality , Campamento de verano , algo así como un Supervivientes low-cost que exuda improvisación torpe por todos sus poros, pese a ser producto de la cadena que mejor gestiona este tipo de formatos. El programa va de metedura de pata en metedura de pata, sin que sea fácil predecir cuál será su apoteosis —de mal gusto, por supuesto— final. Molestaron a los ‘scouts’ en su arranque, se convirtieron en el mejor altavoz para los delirios victimistas de una escritora que vive para llamar la atención, pusieron en pie de guerra a la plataforma conservadora HazteOir por el sexismo de muchas de sus situaciones, ofendieron a la villa abulense de Mombeltrán durante el pregón festivo (a quién se le ocurrió dejar en sus manos semejante responsabilidad) y se ganaron la retirada de la publicidad de grandes aseguradoras, compañías de telefonía y multinacionales de comida rápida. Desde su arranque y sin que esté claro si por las dudas de sus propios programadores sobre el éxito de la apuesta, o por las prisas, o por la presencia de profesionales y colaboradores a los que les viene grande el proyecto, -o por la suma de todos esos factores-, el caso es que Campamento de verano , emisión tras emisión, se empeña con tanta imprudencia como falta de escrúpulos en confirmar que en lo referente a telebasura puede que no esté todo inventado.