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mikel labastida
León

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A los presentadores de esta nuestra televisión les despierta cada mañana un mensaje de móvil que les informa de la audiencia que obtuvieron el día anterior. Jordi Évole habló de estos despertares el pasado sábado en La Sexta Noche , donde estuvo promocionando el regreso de Salvados .

No es el primer rostro conocido que confiesa la ansiedad que produce ese momento en que el teléfono vibra y ellos se enfrentan a comprobar si gustaron a un 30% o a un 2% de los espectadores. Lo admirable de Évole fue el modo en que desdramatizó esta rutina e incluso llegó a reírse de ella, al explicar cómo un par de décimas te pueden hacer la persona más feliz del mundo o la más desgraciada. Évole seguro que tuvo anteayer una mañana exultante, después de que la nueva temporada de su programa haya arrancado con un 19.3% de share , su segundo mejor dato histórico.

Es verdad que la baza de contar en el estreno con un Pérez Reverte dando titulares cada vez que abría la boca hacía presagiar que lograría una buena cifra, pero el resultado final seguramente ha superado sus expectativas. Más allá de los invitados, el éxito de Évole radica en él mismo, en su cercanía, en que parezca uno de los nuestros (el público) al que hemos enviado a la tele a charlar de los asuntos que nos interesan y a preguntar lo que cualquiera quisiera si tuviese ocasión de toparse con políticos y banqueros. Esa naturalidad quedó patente en La Sexta Noche , donde se atrevió a reñir a varios tertulianos, cuestionó la cacareada salida de la recesión, e incluso destripó el medio en el que trabaja, cuando criticó que no se hiciesen más programas informativos como el suyo porque resultaban caros. Y, sin cortarse, puso como ejemplo que cualquier debate salía más barato, algo que a Iñaki López no le hizo mucha gracia. ¿Barato mi programa? Habrase visto la insolencia. Efectivamente, si han proliferado este tipo de tertulias es porque el formato es económico.

Y no pasa nada por reconocerlo. Precisamente, los espectadores agradecen esa franqueza, ese «llamar a las cosas por su nombre». Vaya si lo agradecen. Mira los buenos amaneceres que le están regalando a Évole como recompensa.

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