Carmelo Gómez actor

«Esta profesión se ha llenado de pasilleros. Hay mucho sobre y mucho soborno»

Un nuevo premio, el Nacho Martínez del Festival de Gijón, se suma al largo recorrido de reconocimientos que Carmelo Gómez atesora. Pero, en esta ocasión, el galardón tiene un matiz especial, y es que, además de a la trayectoria profesional, se concede a personalidades del cine que destaquen por sus valores humanos, una virtud que cada vez se aleja más de la realidad.

El actor Carmelo Gómez en Madrid.

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cristina fanjul | león
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Habla claro, sin esconderse detrás de la moda que arrebata al lenguaje su capacidad para mostrar la realidad. Lamenta la actual situación del cine, pero no pone vendas y reparte culpas a partes iguales, sin coartadas, admitiendo que, también, quienes deberían liderar la creación artística han abdicado de su función para reconciliarse con el mercado.

—Supongo que estará contento con el premio.

—Es distinto. Éste no es realmente un premio concedido por un trabajo sino por un estilo, un compromiso con la profesión y una carrera entera.

—Habla como si la suya estuviera ya completa.

—Para ser honesto, te hace sentir un poco mayor, que lo soy, pero como siempre hay que buscar el lado positivo, lo importante es que como resultado tengo una vida profesional detrás a la que he dedicado siempre mis sueños y anhelos. Y este premio viene a conmemorar ese esfuerzo.

—¿Por qué?

—Pues porque tengo más fe en este premio porque carece de la manipulación que envuelve otros. Los Goya, por ejemplo, se deciden entre sesenta amigos, grandes profesionales, pero sesenta amigos.

—¿Podría atinar un poco más?

—¡Hombre! pues, como comprenderá, en un porcentaje que suele estar en el 50% que está influenciado por las tendencias, por lo que ruge en ese momento, por lo que marcan los medios y eso es un rasgo de debilidad. Al final, se trata de cuatro pandis que son muy amigos entre ellos.

—Eso es lo que ocurre con la mayoría de los premios hoy en día.

—Por supuesto y por eso yo les voy perdiendo la fe porque están al servicio de la parte más comercial. Para ser del todo claros: en este mundo, en el mundo del cine me refiero, se echa de menos una conferencia en la que todos estemos presentes y que decida qué está pasando.

—¿Cuál es la solución?

—La sociedad ha cambiado y nosotros nos hemos dejado llevar por el intrusismo, tanto en la producción como en el ‘departamento artístico’, por decirlo de alguna manera. Esto nos ha lacerado profundamente.

—¿Podría personalizar?

—Los grandes productores, Querejeta, Santana, Gómez Pereira..., Ya no queda ninguno. Ellos trataban de hacer algo digno. Ahora estamos en un mundo diferente, en el que la película se hace si se tiene dinero y si no, pues también se hace. Hay mucho pasillero. Ha habido mucho sobre y mucho soborno.

—Y ¿qué ocurre en los referente al ‘departamento artístico?

—Me cuesta mucho hablar del aspecto artístico. Nadie produce con la intención de hacer algo artístico. Todo el campo poético está infravalorado porque se coloca en un lugar ajeno al mercado, y el mercado no acepta la poesía.

—¿No es una crisis global? Cuando digo global me refiero a que afecta a todos los campos.

—Pues ¿Qué sé yo? El cine se ha centrado en la trama y ahora parece que la ficción es igual que la realidad y no es así. Son mundos distintos. Sin embargo, siempre tengo la sospecha de que falta un pelo para que demos ese salto, el salto de ir a encontrar lo que nos conmueve porque el cine tiene ese poder, el poder de detener el tiempo.

—Dice Haneke que no se le ocurriría hacer nunca una película de acción, porque rechaza ese cine que es una especie de atontamiento general del público...

—Exactamente. Ahí está la verdad del cine, en conmoverte, en mover algo dentro de tí. El cine que merece la pena es el que te pone en relación con el exterior y si la ficción se parece demasiado a la realidad no se consigue.

—¿Con qué personaje se queda de todos los que ha interpretado?

—Pues verá. Cuando tenemos un personaje delante tratamos de buscar, siempre, una realidad tangible para identificarte con él al cien por cien.

—Y ¿con qué directores?

Con todos los que he trabajado, como por ejemplo Gonzalo Suárez y, por supuesto, con Víctor Erice, que es el gran jefe después de Buñuel. Sería un sueño que me llamara y pudiera así desentrañar esta historia que tengo en la cabeza.

—¿Por qué Erice?

—Porque Erice se aventura por terrenos altamente poéticos, por su temática, por la estructura de sus películas, por como rueda, por esa tierra liminal en la que siempre coloca a sus personajes. Ayer estuve viendo películas de Wenders y ése es el tipo de cine que quiero hacer.

—Tengo la impresión de que el público no traga con eso, de que casi nadie aguanta ya, por ejemplo, la escena de los ángeles en la biblioteca de Berlín.

—Puede ser. Pero mi pregunta es: ¿Y qué importa?. Al menos tendremos la esperanza de saber que no estamos repitiendo clichés. Mire, en este tema me gusta citar a San Pedro, que decía que le gustaba estar en la frontera, en una tierra de nadie, que es donde se produce el milagro.

—¿La solución viene de la excepción cultural?

—Le voy a explicar la diferencia. En Francia tenían el IVA del cine al 5% y decidieron reducirlo al 3%. ¿Cree usted que bajó la recaudación? No, subió. En España, lo suben al 21% y los ingresos bajan. Aquí lo que hay que hacer es espabilar. Te dan ganas de decir ¡Suelten los sobres, coño! que no tenemos que dejarnos engañar. Aquí las cosas se resuelven teniendo ideas, no idiotas. Nos han engañado a todos.

—¿Cuál es su próximo proyecto?

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—Estoy a punto de comenzar una película titulada Tiempo sin aire , una delicia de guión con dos tramas muy poderosas. Gira alrededor de la venganza y de cómo ésta hace funcionar el resto de valores del ser humano. Ahora se habla mucho de los dolidos, de los humillados, de la presencia que deben tener en que los crueles tengan su castigo. Y esta película trata precisamente de eso, del papel que las víctimas deben tener y de cómo hay muchas personas alrededor que se aprovechan de su dolor.