Crítica de televisión
Las madres son sagradas
Igual de feo que pegar a un padre es reírse de una madre en público. Hay figuras sagradas, y las madres son una de ellas. Todos podemos bromear con la forma en que ellas bailan con nuestras tías en las bodas, con sus conocimientos dietéticos que les llevan a advertirnos de que si no nos tomamos el zumo rápido se le van las vitaminas, o con esa costumbre de ponerse varios rulos repartidos de manera aleatoria por la cabellera para que obre el milagro y amanezcan con un peinado impecable de peluquería. Pero eso lo hacemos en privado y entre familiares. Porque de la madre que a cada cual le parió solo le está permitido mofarse al propio parido. A nadie más. Quizá por eso la versión maternal de ¿Quién quiere casarse con mi hijo? , en la que los retoños tróspidos buscan ligue a sus progenitoras, se va a despedir hoy en Cuatro sin haber logrado demasiado seguimiento.
Podemos ponernos en la piel de cualquier mequetrefe que sale en la tele aunque esté protagonizando la escena más lamentable y bochornosa, pero lo que no podemos, por pudor, es imaginar a nuestra madre metida en algo así. Esa vergüenza ajena, cuando es propia, no existe cuerpo que la soporte. El otro día veíamos a una de ellas merendar en el campo con un mozalbete recién salido del gimnasio al que no paraba de preguntar si podía tocarle la armadura. Y, mientras, el ‘ragazzo’ se la quitaba de encima como podía. Cuando a uno se le cruzaba por la mente que podía ser su madre la que estuviese en los prados sobreempapada era imposible evitar los retortijones fuertes en el estómago. Hay cosas que sabes que los padres hacen pero que, bajo ningún concepto, deseas presenciar ni imaginar. Y Cuatro nos ha servido unas cuantas. ¿Pretendía dar una imagen de modernidad y de liberalidad de estas mujeres? No. Quería que el público se descojonase al ser consciente de las escasas posibilidades que muchas de ellas tenían con los maromos en cuestión. Estos programas están poblados de personajes grotescos para disfrute del respetable. Y todos participamos en esa algarabía hasta que nos topamos con las madres. No, por eso no pasamos. Las cuestiones tróspidas también se rigen por códigos.