Publicado por
RAFAEL SARAVIA
León

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Un día vi pasar a la muerte/ no iba a caballo/ chillaba como las golondrinas alrededor de Santa María Maggiore./ Es triste una muerte así/ lo digo en serio y por las duda que alguien no/ sepa que una muerte así es triste».

Pero la muerte no alcanza a un poeta a no ser que él se deje. Y fue el caso. Juan Gelman dejó atado lo que en la vida debía quedar atado y sin despeinarse más de lo que acostumbra a gastar, se despidió de los suyos para entrar despacio, sin prisa, en la historia perenne del recolector de palabras vividas. Porque un poeta no debería usar palabras que no es capaz de andar; y Gelman lo tenía claro. Hizo sangre con palabras, caminos con palabras, hizo dolor y mar y patria y rabia y pobreza y mucho amor en torno al verbo. Y fue como quien necesita beber, poeta.

Juan Gelman nos ha dejado tristes. Como huérfanos de una mirada tan piadosa como pícara, que uno asumía que siempre estaría ahí. Le conocí hace ya muchos años a través de sus poemas, y no fue hasta el 2012 cuando el destino, ayudado siempre por mi impertinente necesidad de abrazar, nos dejó saludarnos con una complicidad que pocas veces he vivido. Comimos, bebimos, paseamos y reímos por calles y locales de León. San Marcos, Quindós, Zuloaga, Manía... fueron muchos sitios por donde lo alegre se filtró en compañía de Mara y Gelman. Juan tuvo su casa aquí, pues Gamoneda le ofreció desde la hermandad un hogar, no una ceremonia. Luego, el viaje prosiguió. Debían irse a otra tierra de vinos, y mi placer fue acompañarles. Logroño fue el primer lugar donde Juan habló de mis poemas, como ya preparado para poder abrirse a la amistad. Luego, en Briones, en el Museo del Vino de las Bodegas Vivanco, junto a Santi, vivimos otros días llenos de placeres y tardes rojas, de nostalgias y belleza en torno a la palabra de Juan. Aquí escribimos nuestro primer poema a dos manos. Nuestras risas, el humo, el frío y la sensación de que un maestro como Juan Gelman jamás ejerce como tal, sino a pie de obra, mostrando lo que tiene al que quiera compartir con él. Así aprendí yo.

Poco después el encuentro tuvo lugar en colonia Condesa, en México DF. Pues Gelman nunca fue hijo de la hipocresía. Ni adalid de jerarquía alguna. Y a pesar de su talla me ofreció compartir su café y su vitalidad. A mi, joven sin más nombre que el de la amistad bien entendida. Hablamos en los desayunos llenos de quesadillas y frijoles, de Girondos y Zuritas, de jugos tropicales y frutas, de su amor imperecedero por la palabra. También de sus dudas sempiternas, como quien afronta el miedo al error del texto... él, un maestro del texto. Un maestro de la vida.

«Muerte sin gusto,/ sola,/ infeliz,/ muerte vieja,/ sin volar,/ sin hilo en los piecitos,/ chillando en la mitad de la plaza.// Cuando terminó de pasar tuve miedo,/ no quiero ver nunca más a esa muerte,/ de todo corazón no quiero verla nunca más,/ especialmente el día de mi muerte».

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Sigues aquí, Juan.