Publicado por
RAFAEL SARAVIA
León

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Es fascinante el poder que tiene la historia para repetir aberraciones en la conducta de ciertos mandatarios. Parece que fue ayer cuando María Antonieta de Austria, reina de Francia, en plena debacle de su pueblo ante la falta de trigo para preparar el pan diario, les espetó la famosa frase: «si no tienen pan, que coman pasteles» (otros atribuyen esta frase a otra reina anterior, María Teresa de Austria, pero lo triste es que la frase parece ser real y reiterante).

Por aquel entonces, esa frase desencadenó finalmente, tras las penurias soportadas, lo que se llamó ‘La Revolución Francesa’, y acabaron rodando cabezas –literalmente- en contra del poder opresor.

Hoy en día nuestra ilustrísima alcaldesa de Madrid, Ana Botella, pide a los jueces que no escuchen «a la calle» porque es algo «de la Revolución Francesa». Como cumpliendo con ese deber solemne que le otorga esa pseudo-nobleza suya, y repartiendo frases como pasteles, así, sin remordimiento alguno.

Lamentablemente nuestra dirigente se ampara en que eso de las guillotinas ya no se lleva, está demodé. Pero no debería tentar a la suerte (y ya de paso, no tentar a la democracia) pues mecanismos para descabezar cargos que atentan contra los derechos de los que le dan de comer, afortunadamente, sí que existen.

Y pese a que andan todavía demasiado dormidos en nuestro país, la presión acabará por despertarlos y activarlos, para hacer una limpieza del concepto tan manoseado y caído en descrédito como es el término política.

Ya metidos en harina Real, ya que hablamos de monárquicas decisiones, no creo que la más ética ni digna sea la de hacerse el tonto en lo referente a decisiones fraudulentas con la hacienda pública. Porque si presuponemos la inocencia de la infanta por falta de luces y conocimiento efectivo de sus funciones, creo que sería justo asumir la incapacidad de una familia real (con minúsculas), llena de achaques físicos, éticos y jurídicos para dirigir —disculpen, ya no dirigen—, para representar —disculpen, mejor que no lo hagan con la imagen que están dando—, para existir como organismo arcaico y retrógrado que no hace más que empañar el discurso democrático que se presupone en un pueblo avanzado y plural (aunque la democracia esté herida grave por culpa de quienes creen que el poder se lo da unos mercados inexistentes en vez del pueblo que clama desde la realidad más imperante) como lo es o debiera ser el pueblo español.

Al final, todo hartazgo acaba en revolución. La entropía en estos casos se vuelve actualidad. Por eso nos duele lo que ocurre o, como a Juan Vico, que estará en nuestra ciudad mañana, nos afecta el mundo a veces a la manera de sus versos: «Me miro en ese espejo mientras trato / de copiar los despojos de mi tiempo».

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Sopesen... si no tienen (o conocen a quien no tiene) ni pan ni pasteles que llevarse a la boca, tal vez sea necesaria otra opción, a la francesa o no, pero otra opción.