Opinión
Todo por Leopoldo
Decía Leopoldo María Panero con un cachondo orgullo esperpéntico que era el único escritor de España que acudía a dar sus conferencias en ambulancia. No era una boutade de las suyas, sino algo rigurosamente cierto, pues los últimos treinta años de su vida los pasó en diferentes establecimientos sanitarios o psiquiátricos acogido «de beneficencia», dada la calamidad económica con la que afrontó sus postrimerías el grueso de la familia (y como enfermo que era, sus salidas del hospital se hacían en ambulancia, aunque no es probable que sus llegadas a ateneos o salones las hiciera haciendo sonar la sirena, que también le cabría en su estilo de histrión transgresor y teatral).
En los dos años en que traté más estrechamente a su madre, Felicidad Blanch, y a su hermano Michi (por razones que no vienen al caso, me vi de intermediario en gestiones y procuraciones porque necesitaban vender a toda costa el legado del padre a la universidad de León, cosa que incomprensiblemente se frustró por curiosos prejuicios o desdenes de la autoridad académica de entonces, perdiendo así León todo aquel fondo documental que acabaría en Málaga), Leopoldo se encontraba ingresado en el psiquiátrico de Mondragón (cuando la diputación de Guipúzcoa le retiró su asistencia, se trasladó a Las Palmas de Gran Canaria, donde finalmente falleció anteayer). Lo curioso es que, pese a haber dilapidado su salud flirteando con una vida temeraria de desorden, drogas y alcohol como bandera de su malditismo, Leopoldo ha sido el último en morir de toda la saga.
Felicidad tenía por Leopoldo más que devoción, pasión de madre angustiada, era el que más la necesitaba (Juan Luis estaba bien instalado en Barcelona y Michi, mal que bien, aún escribía y sobrevivía ocupando el piso familiar de la calle Ibiza de Madrid), así que mientras estuvo en Mondragón, Felicidad alquiló un pisito en Irún para estar más cerca de él, aunque me confesó la mala pata de haberlo hecho en la zona de chiquiteo y bares, de manera que cuando salía del hospital Leopoldo cada viernes de permiso de fin de semana, dejaba su bolsa en casa y desaparecía hasta que regresaba a dormir a altas horas de la madrugada; y en vela le esperaba ella dispuesta con la fregona porque inevitablemente acababa vomitando los excesos. Se desesperaba Felicidad, pero allí estaba, mimándole, soportando sus intemperancias y cierto despotismo de poeta geniudo. «Entiéndelo: todo por Leopoldo», me resumía.
Lo que no se entiende bien es que cierta pequeñez cazurra y maragata contemple esa vida de los Panero tocada por la desgracia como un castigo merecido por su falta de piedad con el padre, con Astorga y con su propia existencia. Ni tampoco puede resumirse en una anécdota, como aquí acabo de hacer, la compleja y también fecunda vida y obra de una saga poética que con Leopoldo María ha muerto ya del todo. Quizá releyéndoles ahora a los tres (y a la propia Felicidad) se entienda mejor su cosmos.