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RAFAEL SARAVIA
León

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Empezamos con el desuso de lo que nos define: el lenguaje. Somos conciencia sólo porque existe el lenguaje, y gracias a él asumimos el valor de lo trascendente.

La 23 Edición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua ya está servida. Desde el 2001 no teníamos una edición nueva y uno se asombra de la evolución tan notable que va teniendo esta institución que siempre llevó demasiados kilos de más en su moralidad conservadora.

Pero el trabajo de académicos y estudiosos cada vez está más a tono con la realidad acelerada y vivaz. Por eso es de agradecer ese punto de osadía que supone tanta modificación y actualización de nuestra lengua española. Así, se asume que definiciones sociales —y por tanto lingüísticas—, tan increíbles como por ejemplo la sexta acepción de la palabra Femenino (adj. débil, endeble), desaparezcan de nuestro diccionario. Y, como bien explican los responsables, no desaparecen por ser los académicos inquisidores en pro de la moral o los valores de una sociedad, sino porque la propia sociedad reconoce que ciertas definiciones (como la anterior) no corresponden a la realidad que vivimos hoy en día.

Es importante hacer hincapié en ese desperezamiento moralino que alguna vez se ha gastado la Academia. Se agradece enormemente que esta institución se haya quitado los hábitos y sea tan sólo oteadora de la realidad que las sociedades imponen en su lengua, sin juzgar el valor de las palabras, tan sólo dando testimonio de ellas y su frecuencia.

Por eso le alegra la conciencia a uno ver como palabras que definen situaciones desagradables o despectivas como mariconada o judiada, no son borradas por el sentido de las mismas, y se mantienen pues la sociedad –con todas sus imperfecciones- asume que el uso de dichas palabras está vigente. El DRAE ha de ser fiel a la lengua, a su realidad; y los valores que la lengua ordena hemos de ser todos nosotros, a base de costumbre y concienciación los que los cambiemos para mejorar la definición de nuestros pensamientos.

También me alegra que una parte de las revisiones (creo que incluso sería necesario ampliar esta parte) venga materializada por americanismos. Hispanoamérica es sin duda el gran fogón de la lengua española, donde se fragua mucha de la riqueza de nuestro idioma. Palabras como Jonrón (del inglés home run) referida a un deporte minoritario en España pero más extendido en América como lo es el béisbol, estarán incluidas en este DRAE cada vez más en consonancia con los tiempos que corren.

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Así pues, despidan «sagrativamente» palabras como ésta o la que inicia el título de esta columna y den la bienvenida a los «drones», «hipervínculos» y «serendipias» varias que aderezan nuestro creciente idioma. «Blogueen» y «tuiteen» este artículo sin temor al fallo; ahora ya existirán oficialmente estas palabras. No duden en celebrar. Ya saben: el lenguaje, como dijo el gran lexicógrafo Samuel Johnson, es el vestido del pensamiento.