Trincheras sin nadie que las defienda
Ninguna administración protege la red de casamatas y fortificaciones levantadas durante la Guerra Civil en la montaña leonesa: el último gran estudio sobre el frente de Lillo fue costeado por un instituto noruego.
Vista desde el Fortín Alboleya: en el centro se aprecian las trincheras de Castiltejón. Al fondo, Peña Susarón.
El conjunto de fortificaciones defensivas excavadas en el Frente Norte durante la guerra civil española constitute un patrimonio tan interesante y llamativo, de tantas posibilidades de aprovechamiento turístico, «que el primero de los dos territorios, León o Asturias, que se mueva, se llevará el gato al agua en cuanto a su puesta en valor. Y por lo que se ve, los primeros que se están moviendo son los asturianos». Lo dice el arqueólogo lacianiego Víctor Bejega, autor junto a su colega Eduardo González del estudio Arqueología y memoria: la guerra civil en el sector de San Isidro , con el que culminaron un intenso trabajo de prospección arqueológica desarrollado en el municipio de Puebla de Lillo.
Ambos fueron los guías de la actividad que el pasado 5 de julio programó la asociación en defensa del patrimonio leonés Promonumenta, bautizada como Cruzando líneas en el Frente Norte y en la que los asistentes comprobaron la pervivencia de numerosas trincheras y casamatas en el entorno de Puebla de Lillo, especialmente en el área de Castiltejón. «La iniciativa se enmarcó dentro de la reivindicación de Promonumenta por salvaguardar el patrimonio del conflicto, en el que la provincia de León es especialmente rica», explicaron fuentes de la junta directiva, «y en nuestro intento por abrir una ruta turístico-cultural a través de dichos enclaves al igual que están haciendo en otros lugares del país con notable éxito».
Tras aquella visita guiada, Víctor Bejega no dudó en asegurar, en una entrevista con el Diario, que esta tierra «cuenta con algunos de los elementos más importantes del frente astur-leonés, por lo que podemos calificarlo como excepcional a todos los niveles». Entre los restos más importantes, este arqueólogo mantiene que el conjunto de Puebla de Lillo «merece ser destacado por la reciente excavación que ha permitido conocerlo mejor y que aún sigue siendo un ejemplo único en la arqueología leonesa». «Pero existen otros enclaves que, tanto por sus restos como por su simbolismo, merece la pena citar, tales como Fontañán, Peña Lázara o los restos del Puerto de Tarna, entre otros», añadió.
El Fortín Alboleya, muy cerca de Isoba, las trincheras del puesto republicano avanzado de Castiltejón y la doble casamata de la peña La Granda, en Puebla de Lillo, son algunas de las estructuras más sorprendentes, por tamaño y solidez, y perfectamente podrían convertirse en hitos de una ruta que aunase historia, naturaleza y deporte.
Imagen del célebre Fortín Alboleya, ubicado cerca del pueblo de Isoba - VÍCTOR BEJEGA / EDUARDO GONZÁLEZ
Aspecto de una de las casamatas de la zona - PROMONUMENTA
Vista del Fortín Alboleya - V.B./E.G.
«Van desapareciendo»
Pero el patrimonio de la guerra civil española se encuentra «en una clara encrucijada en cuanto a su conservación», observa Bejega, ya que en algunos ámbitos «existe cierto debate sobre si se trata o no de patrimonio arqueológico y cultural». «Mientras tanto, son numerosos los restos que en estos valles van desapareciendo, bien por la acción de canteras y carreteras, bien por el propio paso del tiempo que, junto al olvido, consiguen sepultar las trincheras», avanza este experto.
Y sin embargo, se trata de un patrimonio enormemente atractivo para el turismo: «Con muy pocos recursos podría empezar a generar riqueza. La colocación de carteles de señalización, su integración en rutas, la conservación y puesta en valor de los enclaves más importantes... serían pasos necesarios para comenzar a aprovechar su potencial —señala—. Y en el caso del frente astur-leonés, nuestros vecinos del norte han comenzado a llevar a cabo interesantes iniciativas en este sentido, con la labor de la asociación Arama en cuanto a conservación y divulgación de los restos».
Actualmente no existe ningún tipo de iniciativa institucional en León para conservar o divulgar estos restos. La intervención y el estudio que Eduardo González Gómez de Agüero y Víctor Bejega García desarrollaron en el entorno de Puebla de Lillo en el año 2011 fue fruto de la colaboración de estos dos arqueólogos con el CSIC y la Universidad de León, pero la financiación del mismo procedía, íntegramente, del Norwegian Research Council, que es el equivalente noruego al CSIC: una cantidad que ambos expertos hubieron de ‘exprimir’ al máximo: 1.600 euros.
«Nuestra intención era que ese proyecto se convirtiese en punto de partida para intervenciones posteriores, pero hasta el momento no ha tenido continuación en otras intervenciones o en procesos de puesta en valor, con la excepción, eso sí, de los restos de La Pola de Gordón, municipio que ha señalizado muchos de sus restos», apostilló Bejega.
Pero, ¿qué hace falta para conseguir que estas trincheras y fortificaciones, sean fuente de riqueza, de atracción senderista? «Poner en valor los vestigios requiere, principalmente, de voluntad. En muchos casos, simplemente con limpiar la maleza y señalizar adecuadamente, ya se puede contar con un primer paso. Sin embargo, creo que sería importante compaginar este tipo de inversiones con otras acciones que implicasen a la sociedad, como la participación de asociaciones en las labores de documentación, limpieza y divulgación, la recuperación de la memoria de estos espacios y su integración a la ‘vida útil’ como generadores de turismo e historia», asevera uno de los dos firmantes del estudio Arqueología y memoria: la guerra civil en el sector de San Isidro .
En esa amplia investigación fueron varios los asuntos abordados —historia, estrategia, tipologías constructivas—, pero los aspectos que más poderosamente llamaron la atención de los arqueólogos fueron aquellos que tenían que ver con la vida cotidiana en estas trincheras, con toda esa información que ofrecía pistas sobre un día a día penoso y esforzado, rodeado de inseguridades y peligros.
Qué comían los soldados
«La verdad es que fueron muchos los aspectos llamativos de este estudio —confiesa Víctor Bejega—. En primer lugar, el hecho de conocer la localización y articulación exacta de una línea de frente, con la evolución de las construcciones durante el tiempo que dura. Pero, como digo, nos sorprendió especialmente todo lo relacionado con la vida en campaña, las armas, la alimentación....».
Piensa este joven pero muy activo investigador —también participa en la segunda campaña arqueológica de la Peña del Castro, en La Ercina, que arranca precisamente hoy— que la arqueología «resulta muy importante para acercarse al estudio de un aspecto tan controvertido como la guerra civil española, ya que los restos no conocen de subjetividades o ideologías».
«Y así, en nuestro caso concreto —ejemplifica— nos ha permitido conocer, a través de los restos arqueológicos, que los soldados republicanos contaban con un armamento anticuado, excedente de la I Guerra Mundial, frente al armamento alemán recién fabricado que utilizaba el ejército sublevado». Y también han podido conocer, con estas excavaciones que acompañaron con entrevistas orales y con referencias a prensa de la época y a otras investigaciones, «las duras condiciones que se vivían en el frente, y en todos los aspectos». «Así, y por poner sólo unos pocos ejemplos —amplía Bejega— en lo que respecta a la indumentaria contamos con restos de abrigos y calzado militar junto a suelas de abarca realizadas sobre neumáticos recortados; y en la alimentación, un aspecto muy importante, comprobamos la combinación de escasas latas de conserva de pescado o de leche condensada, con carne diminutamente troceada para dar sabor a los potajes y así sacar el máximo provecho de la comida».